Bella y bestia son

Fue un presentimiento. Me rondaba en la cabeza una especie de trama que sirviera al efecto de cuanto yo vengo anotando en este viejo cuaderno de montaña. Nadie puede negar, después de pasar por esta tierra, que aquí la belleza está en el límite, en lo más alto, en la expresión máxima.



Hace unos días me encontré con un argentino que venía de Briviesca de visitar a su familia. «España está bien -me dijo- pero no he visto nada tan bello como Argentina». Si yo escribiera en un medio de comunicación de otra provincia, o en otra revista, no me plantearía, sin duda, convencer a nadie de ese límite con el que hoy me enfrento a ustedes. Aquí está la Bella. Existe. Es una franja larga que toca muchas tierras: ruta del agua, ruta del cordero... en resumen, exquisito manjar defenestrado. La Bestia es la capital. Allí se encierra un mundo que conoce nuestras cuitas, que puede hacernos un poco más felices, pero que constantemente se está alejando de nosotros. Bajamos la cabeza, buscamos su mirada y encontramos la inaudita respuesta, cuando tratando de encontrar a alguno de los nuestros llegamos hasta su mansión, y al vernos, nos encierra, sin dejar por ello de exhibirnos en vídeos y promociones del románico.

La Bella es delicada, está herida, muy cansada; ha soportado el incesante vaivén de todos estos años, la pérdida paulatina de sus hijos, la carencia de primeros auxilios, la especulación de muchos de sus miemhros, que desde un puesto de mando han revuelto la ceniza tiznando su bello cuerpo.

La Bestia parece inamovible. Es una masa lejana que rueda y rueda, pero tampoco avanza, a la que no conseguimos alcanzar a pesar de caminar con cierta urgencia hacia sus puertas. Somos dos mundos necesitados de cariño, a falta de muchas dosis de confianza.

El fallecido senador Felipe Calvo venía todos los veranos como embajador de la Bestia con un mensaje de esperanza para la Bella, y dejaba pequeñas estelas a su paso que iban amortiguando los recelos, las carencias, casi el agotamiento de aquella hermosa criatura. Yo creo que faltó muy poco, una pizca de nada, para que ambos se estrecharan las manos en su presencia. Porque dependemos de los embajadores. Ellos se encargarán de limar asperezas y poner a punto el encuentro que necesitamos.

Palencia está cada vez más enamorada de su Bella. Como en la obra hermosa de Walt Disney, los sirvientes, que en este caso somos todos nosotros, debemos proponernos el consenso, abrir puertas y ventanas a nuestro corazón para que caiga el mito, y para que aquellos que tienen el poder se acuerden de que nos deben el reconocimiento a ambas.


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