Pócima de Orujo



Son numerosos los atributos y los usos del orujo y paseando estos días por Internet, he hallado una serie de curiosas recetas que paso a resumirles, antes de abordar la última fiesta del orujo celebrada en Potes. Por ejemplo, he aquí una que asombra por el abuso del licor: el pavo borracho de orujo y con orujo. Es decir, cogemos un pavo, lo emborrachamos y después procedemos a condimentarlo con orujo. El pollo al orujo con pasas y piñones, la carne estofada al orujo...


El aguardiente se utiliza en Galicia y el Bierzo y a lo largo de toda la geografía como producto autóctono de muchos pueblos, en la elaboración de platos con pescados o carnes, mezclado con otras bebidas o agregado al café, al helado... Curioso a este respecto el sorbete de orujo que ha hecho típico un restaurante de Aragón.

Desde hace 75 años, por Semana Santa, se viene celebrando en León una tradicional procesión que loa la figra de “Genarín”, famoso “borrachín” y pellejero que murió el 29 de marzo de 1929 atropellado por un camión en las murallas de aquella capital. Cuentan las crónicas que los cofrades y seguidores de este curioso personaje salen en procesión y brindan como manda la tradición bajo el cántico:

“Siguiendo sus costumbres,
que nunca fueron lujo,
bebamos en su memoria
una copita de orujo”.

Pero vayamos a lo nuestro. Desde hace catorce años, el segundo fin de semana de noviembre, nuestros vecinos los cántabros celebran en Potes la fiesta del orujo.

En 2004 los organizadores decidieron nombrar un orujero de honor, pero la última edición, como antesala de lo que hoy vuelve a ser el Año Santo Lebaniego se salieron un poco del guión emitiendo cuatro galardones. Por una parte, nombraron orujeros mayores a tres conocidos montañeros: Juan Oyarzabal, César Pérez de Tudela y Jesús González, y por otra, orujero de Honor a la Sociedad Geográfica Española. Ellos fueron los encargados de encender las alquitaras, que destilaron durante doce horas hasta la culminación del evento. Tradición arraigada al valle de Liébana, tal y como se hacía en las casas y aldeas de la zona desde la Alta Edad Media hasta su prohibición en 1984.

Hay un mensaje claro tras esta ceremonia que va subiendo de tono cada año. Todo va en progresión en aquella parte, hasta llegar incluso al embotellamiento, perdiendo para algunos ese encanto que lo envuelve todo y que te trae recuerdos viejos. El tránsito de los lunes, las aldeanas con sus nueces y sus quesos, el entorno medieval bajo el que parece inspirarse cada calle, cada rincón de esta hermosa villa. Un autor de la tierra que recoge en un libro las costumbres, señala que:

“Dichoso el mes de Noviembre,
más que ningún otro mes,
que empieza por los Santos
y acaba por San Andrés”.

El orujo ha sido la seña de identidad de esta tierra y los montañeros invitados tienen el encargo de llevar el nombre de Liébana allá donde vayan. Este año, además, les ha acompañado la cosecha. Con buena materia prima –ya lo sabe bien mi amigo Charly, de Lantadilla– nace una pócima que sirve para promocionar esta comarca.


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