Tapar un hueco


Existen grietas casi imposibles de tapar. Lo saben quienes viven allá, aferrados a la tierra que tanto decimos añorar los que nos fuímos. Un lector me llama para pedirme que regrese. 





Y lo cierto es que no me costaría nada romper algunos lazos que ahora me atan aquí y buscar la paz y la serenidad que no hallamos en este punto del país (por otro lado con esa imagen nueva de turismo moderno y acelerado que ahora se viene prodigando). Pero también aquí es necesaria nuestra presencia, no por esto que vemos, sino por aquello que dejamos; no por este mal que nos atormenta y nos persigue, sino por aquella familia que un día nos despidió a la puerta de casa sin poder precisar quién padeció más, si aquellos que se quedaron o aquellos que decidieron buscar fuera lo que allí no encontraban. Al fin y al cabo, aunque utilicemos un tono poético para decirlo, peregrinos somos todos, porque todos pasamos, hasta aquellos que nos esperan impacientes junto a la vereda que conduce al Cueto. Ocurre habitualmente que, nos damos cuenta del valor de las cosas cuando las dejamos en el camino, que es como perderlas un poco, aunque constatemos por otro lado que siguen vivas junto a aquellos que no sintieron igual la llamada del exterior, que ayer fuera la llamada del progreso y que hoy quiere ser la búsqueda de la supervivencia ante el hecho evidente de tantas cosas elementales que a los pequeños pueblos se les sigue negando.

Uno va por la vida tapando agujeros, que son ampollas que se levantan en el sentimiento, que son orificios que se agrandan ante la incomprensión de dos maneras de actuar.

La vida está llena de mensajes. A veces, no se manifiestan; basta una mirada, un carraspero, un pequeño roce; los recuerdos de un sueño que se recrean en lo que ya pasó, en lo que te llevó por un camino. Lo que le sucede a Robin Wright Penn en “Mensaje en una botella”, es un poco la prolongacion de nuestra fantasía, la posibilidad de encontrarnos con otra vida nueva en otro lugar, simplemente, siguiendo la huella de esos mensajes que nos llegan a través de esa botella que encontramos. Porque vivimos una vida y amamos a unas gentes. Porque nos identificamos con unas creencias y asumimos las pautas que nos involucran en la comunidad. De alguna manera, en algún instante de nuestra vida, todos necsitamos enviar o recibir mensajes. Mari Carmen, comercial de una firma de modas, me trae de Cuba un libro impreso en el establecimiento “Mario Reguera Gómez”, en abril de 1983. Año del XXX Aniversario del Moncada. El libro se titula “Gallego” y su autor es Miguel Barnet que ha acudido para documentarse a los ricos Archivos de la Sección Gallega del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Cuenta Miguel la historia de un gallego que abandonó su aldea. Una historia que ya resumió bien su paisana Rosalía de Castro: “Galicia está probe- pra Habana meu vou./ Adios, adios prendas/ Do meu corazón”. Allí trabaja de carbonero, conductor, carpintero... mil oficios que apenas le dan para vivir y, cuando consigue ahorrar una peseta a costa de un enorme sacrificio, se las envía a su familia de Pontevedra, quienes deducen enseguida, como deduce el pueblo entero, que su hijo, que su vecino se ha hecho rico. Interesante parábola que bien puede servir de ejemplo para tantas personas que lo perdieron o lo encontraron todo lejos de su aldea natal.

Yo encontré una ciudad con gente de otra clase. Vivo a su lado, rastreo sus vidas, me meto en sus historias (obligado por este comercio de publicitar para vender y seguir adelante). Al anochecer vuelvo al hogar donde me espera una buena familia, y así, con mis motivos les voy introduciendo a ellos en aquel mundo que a mí me vio crecer, en aquel mundo en el que de alguna manera sigo vivo.

La tutora de la hija mayor, me contaba hace unos días los relatos que ésta elabora mencionando como suyo el pueblo de su padre y a sus abuelo que esperan allí el último suspiro. Y para que no falte casi nada, Esther de Lózar elige la carrera de periodismo de investigación, empujada de soslayo por esta dedicación mía al periodismo, que es una entrega limitada, muy pequeña, condicionada siempre a rescatar el mundo en el que ustedes viven, que a mi me da el aliento, que a mi me corta el viento, que a mi me pone alas...

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