La cumbre y el desarrollo

Buenos Aires, 1998.

I

Se constata una vez más la degradación de los recursos naturales. En Río de Janeiro se hizo el mismo ejercicio el año anterior. En Viena, los grandes mandatarios, o los mandatarios de las megaciudades (20 ciudades con más de 8 millones de habitantes, 16 de las cuáles se localizan en países no desarrollados), se afrontó la conferencia de los derechos humanos. De la población se habló en El Cairo, de la pobreza en Copenhague y en Pekín se habló de la mujer.

Estos días he viajado por Internet a la Argentina y he asistido al foro de Comunicación y ciudadanía que ALAI ha organizado. Allí estaba también Adolfo Pérez Esquivel, premio No bel de la Paz . El citado mensaje está planteado de cara a América Latina, pero sirve perfectamente para el mundo, porque, como bien señala el obispo Federico Pagura, la verdadera revolución de las comunicaciones están afectando profundamente la vida, el pensamiento, las convicciones de nuestros pueblos y, por consiguiente, “significan un desafío que estamos recibiendo los comunicadores, así como los actores sociales, los dirigentes, tanto seculares como religiosos, de todo nuestro Continente, del Caribe y del mundo también”.

Llega un momento que ya no entiendo nada. Mucho menos que cualquiera de ustedes. Manejo toneladas de información y procuro resumirla lo mejor que entiendo para que ustedes se sorprendan o se inquieten lo mismo que yo, pues ya somos conscientes que apenas oscurezca, ésta crónica de un día se perderá en la papelera. No servirá para reducir el agujero de Ozono. Ni ésta, ni ninguna de ningún periódico. Que quede claro.

180 países han discutido estos días sobre el cambio climático. Sabemos que 1400 delegados merendaron, hablaron, emitieron veredictos; también prometieron como niños aportar soluciones si otros niños con menores recursos lo sacrificaban todo para salvar el Planeta. Ahí es nada: salvar la tierra. Aplacar el bufido que está a punto de advertirnos del límite. Porque vivimos a orillas de un volcán llamado tierra, obra de los adelantos y de los descuídos de los hombres, donde se han ido acumulando todas nuestras inmundicias.

Tanto hemos avanzado, tanto hemos querido invertir en el progreso, nos hemos sentido cautivados por tantas fórmulas nuevas; tan deprisa nos obliga a movernos este desarrollo al que alude la técnica, que vamos dejando en el camino los olores, los sabores, las formas.

El mundo cambia. El cambio afecta a las personas. Es una experiencia que cualquier va advirtiendo en sus rincones de trabajo, donde se incorporan nuevas máquinas; en sus centros de enseñanza, en sus hogares. Y hay algo bueno en todo ello. Pero la tierra, según los científicos, no asume con el mismo entusiasmo muchas de las cosas que los hombres inventan y celebran."

II

Tengo para mí que las imágenes que nos rodean están cambiadas, o son controvertidas, o nos confunden; de una parte la Rusia hambrienta, la Rusia que muere de frío y de hambre, conviviendo con la Rusia espacial. Mientras muchos de sus ciudadanos malviven por las calles, sus gobernantes lanzan al espacio sofisticados aparatos que implican un desembolso de más de tres billones de pesetas.

Mientras los países desarrollados viajaban a Roma para clarificar posturas en torno a la Alimentación, miles de africanos marchaban a la deriva entre Zaire y Ruanda. En el mundo mueren anualmente cuarenta millones de personas. De hambre. Muere una España entera cada año y la Iglesia católica se opone a una planificación familiar. Crecemos, nos multiplicamos... Estamos de acuerdo en muchas cosas con nuestra Iglesia. La vida puede ser interesante, siempre que alguien nos explique qué sentido tiene nacer sin posibilidades de vivirla. Nacer en el hacinamiento más penoso y morir pocos años más tarde en brazos de quien nos dio la vida, y a quien le hubiera bastado un poco de lo que acá, en nuestro mundo “adelantado” echamos sin más a la basura.

Pero no solo te inquietan las posturas de una Iglesia con las que estás de acuerdo en el planteamiento básico (tampoco comulgan con la planificación familiar países fundamentalistas islámicos como Irán). Vivimos en constante contradicción con todo lo que nos rodea. Nos han hecho saber que somos parte del primer mundo y enfrascados en nuestro caparazón olvidamos el desempleo en el que están obligados a vivir nustros vecinos; la injusticia, el narcotráfico, la delincuencia, la opresión; la plaga que en nuestro país se ha desatado contra la mujer en el seno de la familia y el abandono de los niños. Y mucho más que todo aquello que sabemos, lo que nos cuentan, lo que nos llega a través de los Medios, debiera inquietarnos lo que no se cuenta, porque los productores y directores absorbidos por el márketing y la publicidad, consideran historias muy alejadas de sus metas.

Cuenta a este respecto el obispo Pagura, y sigo en la Argentina, la película “Comunico milagros”, del actor y dramaturgo argentino Juan Carlos Geme, que vivió el exilio en Venezuela. Una mujercita que quiere comunicar algo importante para la gente: la muerte de su marido, un hombre fiel, honrado, trabajador... y no consigue que los canales de comunicación le permitan enviar su mensaje al pueblo, porque no es noticia que importe a nadie.

Importa, en cambio, lo vemos en nuestro país a menudo, pedir soluciones cuando se ha consumado la catástrofe, cuando unos niños han muerto en accidente de autobús, cuando se derrumba el techo de una mina y desaparecen catorce mineros; importa aportar medidas de seguridad en las obras, cuando se consigue un número aceptable de siniestros. Es decir, tiene importancia la vida de muchos hombres, de muchos niños, cuando dejan de tener valor.

Asímismo, se discute el hambre de muchos pueblos y olvidamos al ser humano, al individuo, a esa persona que rodeada de adelantos se encuentra sola, no importa el ruido ni la gente que vaya y venga a su alrededor.

Por eso considero que quienes tenemos la oportunidad o la ocasión de hacerlo, debemos comunicar milagros. Hemos de escribirlo en los papeles, colocarlo en las vidrieras, en las paredes, en las calles y plazas, para que se diluya esa soledad que a veces nos acobarda, y tratemos a todos los hombres y mujeres, desde nuestros más humildes puestos, con la máxima comprensión y respeto. Como nos gustaría que nos tratasen a nosotros.

© Froilán de Lózar para Diario Palentino

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