Manolo Nestar



Uno siempre procura, al hacer la semblanza de un personaje como éste, buscar las palabras que justifiquen o suavicen los excesos que todo el mundo le apreciaba y que el periodista de esta casa, Dacio Rodríguez Lesmes, reflejó en la sección “Cada día una entrevista”, allá por los años cuarenta del pasado siglo.



A lo largo de cinco extensas conversaciones, Nestar, con el aire socarrón que acostumbraba, va contando excesos de su vida. Así titula la primera: “Manolo Nestar, cincuenta y siete años y ciento cincuenta y dos kilos”. El protagonista lo explicaba de otro modo:

“Fui a pesarme hace poco en una báscula pública. Delante de mí había dos números de la Benemérita. Subió uno y la aguja marcó 60 kilos. Subió el otro y 70. Subí yo y cuando aún oscilaba la manecilla me dije: ¡ya sé lo que peso!, dos guardias civiles y 22 kilos”.

Cuando alguien se refería al hecho de freir con un billete un par de huevos o prender un habano con un papiro de cien pesetas, este cerverano argumentaba que “al dinero, al loco y al aire, conviene darle aire”. Ya para nadie es un secreto que compró todas las entradas de un teatro en Bilbao. Él mismo le cuenta al periodista cómo un día que llovía a mares (Bilbao), alquiló todos los taxis y de qué modo describe las carreras de los transéuntes buscando inútilmente uno libre. Otros no saben bien en qué ciudad contrató a todos los limpiabotas (Bilbao) tirando a la ria a uno que no respetó el trato, o en qué venta encargó comida para doce, que todos supusimos que eran trece.

Cuenta Manolo que tenía un oso, al que llevó a la mina de carbón que explotaba en La Pernía y le fue adiestrando en la tarea de empujar vagones. Un día llegó hasta su despacho un nuevo rico, a quien le hizo creer que la explotación la llevaba a cabo con osos.

—¡Eso es imposible!

—Iremos a la mina y lo comprobará usted mismo

Subió Manolo delante y les puso en guardia a los obreros para que se escondieran y dejasen trabajar al animal. A la caída de la tarde llegó el visitante y, enseguida asomó el oso empujando la vagoneta.

—¡Ahí sale uno! –le dijo, desviando la conversación.

—¡Ahí sale otro...! Y así, hasta siete veces. El hombre en su buena fe se lo creyó a pies puntillas.

Menos conocida es la anécdota protagonizada en Burgos, al tratar de cruzar “El Espolón” por un lugar prohibido.

—¡Señores -les advirtió el guardia-, no pueden cruzar por aquí!

—¿Ya sabe usted quién soy yo? –se le encaró Nestar–. ¡Habla usted con el Jefe Nacional del Seguro de Probabilidades! El guardia quedó absorto, echó mano a la gorra y dijo:

—¡Pase, pase usted! ¡A sus órdenes!

O cuando en Madrid suplantó al ex–alcalde Pedro Rico, en una noche de disfraces. Llegó Nestar al baile y le recibieron con honores de primera autoridad. Cuando llegó el alcalde auténtico, tan rollizo como él, le echaron con cajas destempladas: ¡Qué gracioso!, ¡Pues no dice que es D. Pedro Rico!

Es posible que nuestro personaje, para quien el dinero “se ha hecho redondo para que ruede” y que definía muchas de sus acciones como caprichos, llevara como todos la procesión por dentro. Que no todo lo que hizo o lo que dijo fue como nos lo contaron, pero hay algo que sí parece cierto, más allá de las pesadas bromas que gastó: “¡Nada de convertir el vil metal en ley de vida!”.

_________________

© Froilán de Lózar – Diario Palentino
Serie de entrevistas completas, remitidas por su hijo desde Madrid y publicadas en nuestro blog ""Curiosón""


Lo +visto el último año

Pueblos desaparecidos y despoblados (II)

El Santuario del “Carmen”

El descubrimiento del carbón

Usamos cookies que recogen datos sobre sus hábitos de navegación. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. OK Más información | Y más