Vapuleando iglesias


En la iglesia de Polentinos se admiraba una destacadísima cruz parroquial del segundo tercio del siglo XVI, obra del palentino Cristóbal de Paredes, uno de los plateros más significativos, a quien se le atribuyen numerosas e importantes obras de su época.





Digo, se admiraba, porque el día 2 de noviembre de 2007 se denunció su robo.

Un lector me sugiere esta ventana para alertar a párrocos y autoridades de nuestros pueblos, al ser Castilla y León la comunidad más castigada, y al haber sido objeto de estos clanes, cuyo fin, después de pasarla de mano en mano para borrar su rastro, es blanquearla, hasta depositarla en manos de un propietario que, generalmente, desconoce la procedencia ilícita de la obra en cuestión.

Al perro flaco... ya se sabe.

A los edificios religiosos que se caen por la desidia de las instituciones, por la desidia de las autoridades, por la desidia que ha terminado por contagiarnos a todos, se suman como termitas estos pequeños grupos organizados, que se manejan a sus anchas en un extenso territorio como el nuestro, en los pequeños pueblos, lugares por lo general aislados y desiertos.

A medida que, supuestamente, avanzamos en información y los pueblos mejoran en infraestructuras, crece la inseguridad y, por ende, la falta de medios para localizar a estas bandas organizadas e impedir el asalto a nuestro patrimonio.

En 2007 se cometieron 46 robos contra el patrimonio histórico, la mayoría en iglesias y ermitas. En la iglesia de San Martín de Lombillos, en el Bierzo, los ladrones se llevaron tres tablas góticas con escenas de la vida de San Martín, además de varias tallas y objetos litúrgicos. En el mismo entorno, cerca de Ponferrada, se cometieron varios robos y aunque todos provocaron el consiguiente rechazo, lo que eleva la indignación a lo más alto, es el robo en la localidad leonesa de Santo Toribio de Mogrovejo, donde los ladrones se llevaron en mayo de este año el sagrario con el copón y las formas sagradas. Su párroco, José Luis Olivares, reconocía que aunque el sagrario era de latón y el copón con las formas sagradas tampoco tenía valor artístico alguno, “los ladrones se han llevado el alma del templo”.

Según lo que la ley española entiende por patrimonio histórico, en dicha definición se incluyen muchas de las piezas que se conservan también en casas particulares y museos. Y así me lo parece a mí, al recordar el expolio del que fue objeto Matilde Herrero en el pueblo de Lores, de cuya casa se llevaron una mesa de nogal labrada a mano, vajillas y otras piezas de incalculable valor de las que nunca más se supo.

Los ladrones ya saben de antemano que los cuarteles de la Guardia Civil están cerrados, que la mayor parte de los templos no dispone de una triste alarma y que poca gente levantará la voz para frenarlo, no debe estrañarnos la proliferación de estas bandas que, más allá del valor material que pueda alcanzar lo que se llevan, nos dejan sin sentido al llevarse el alma, como bien dijo el párroco.


Imagen de Rabiespierre, vista en flick


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