El camino de Luis



Son numerosos los desafíos que nos tiende la vida. A renglón seguido vienen como a pedir de boca las palabras del poeta con las que Serrat comenzó a vapulearnos la conciencia: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.


Cuando en 1941, Luis Guzmán Rubio llega destinado como maestro a San Felices de Castillería, para que tampoco sea verdad todo lo que el Machado va cosiendo, allá donde asegura que nunca volverás a pisar la misma senda, viene a poner sus pies en el camino ya trotado por su padre, Guzmán Ricis, autor del himno de Palencia. Luis se propone proseguir su obra recopilatoria, lo que unas veces hace a pie, otras en bicicleta, automóvil o serret, con la pala a mano por si era necesario sacar el vehículo atascado en aquellos caminos llenos de polvo y lodo.

En la apasionante historia de esta saga, con la que abordo la parte dedicada a la “Cultura Tradicional” en mi último libro, a las puertas de una segunda edición (gracias de corazón a todos), la figura de Luis lo llena todo. Y le imagino llegando al pueblo en cuestión, buscando una casa con cocina grande, donde poder reunir a tanta gente, y ya, reunidos ante una buena lumbre, el techo lleno de escarpias de las que cuelgan los productos del cerdo, provocar el arranque de los primeros voluntarios entre los que acudían a la convocatoria, porque tenían algo que contar o acaso movidos por lo que fueran a contar esos vecinos, que siempre te acaban sorprendiendo con un chascarrillo o una copla. Luis cita con gracejo a las mayordomas del lugar, a las mozas, a las señoras de edad, a “mujerucas manejando la rueca”, y recuerda el trabajo recogido en Tremaya donde, además de la familia de su esposa, Lorenza sería la reina del baile. Su recorrido por los pueblos del norte y la nitidez con la que cita a personas y pueblos por los que pasa: Macaría, de San Felices y Torcuata, de Guardo; gentes de Los Redondos, Camasobres, Lores y San Salvador; mozos y mozas de San Felices de Castillería, Verdeña, Estalaya, Celada de Roblecedo, Polentinos, Lebanza, Arbejal, Vergaño, Rabanal de los Caballeros, Velilla del Río Carrión, Villanueva, Villalbeto, Aguilar de Campoo, Brañosera, Salcedillo, Barruelo, Villalba de Guardo, Mantinos; buena parte de los pueblos de la Valdavia, de la mano de su amigo Carlos Cabezón; la familia Ayuela, en Barriuso de Valdavia, familias de Valderrábano; por la Ojeda, por el Valle Estrecho y en Cervera donde recuerda, entre otros a Pedro, “El Gasolina”, Rosita Tejedor, Piedad Isla, Raquel Cabeza y en general todos los grupos de Coros y Danzas de Cervera, Guardo y Areños, maestros nacionales, sacerdotes, bandas de música y alcaldes…

Hace unos días me llegaba una carta de Luis desde Tarragona, en la que a pesar de su delicado estado de salud, se mostraba emocionado y agradecido por la parte tan importante que de éste libro y de la historia de esta tierra más reciente a él le toca. Vino a la montaña, hizo camino al andar y sobre la misma senda que dejó su padre, sobre la rodera que él dejó, encuentran sentido y valor muchas de las historias que han llegado hasta nosotros. “El primer magnetófono que vi y escuché, creo que era de hilo y tenía grabada una celestial melodía interpretada por el Coro de las Clarisas de Astudillo”.

A Luis Guzmán Rubio, a quienes hacen el diario, a mis lectores, a Palencia entera, por las fiestas próximas que me dan descanso, feliz año.

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