Ninfa




Cualquiera de las deidades benéficas vinculadas a las aguas, bosques, selvas y montañas. Cualquier diccionario te lo dice. Otros te explicarán que con tal nombre se define a la joven hermosa. Y quienes nos movemos con desigual fortuna por los vericuetos literarios, añadiremos que, ninfa, en la mitología griega y romana, es la deidad femenina que personifica la fecundidad de la naturaleza.


En Redondo, a las tres de la tarde del día 8 de enero de 1903, ante el juez municipal don Nicolás Duque y su secretario Gregorio Duque, compareció don Joaquín de Mier, natural de Tremaya, con objeto de que se reconociera y fuera inscrita en el Registro Civil una niña a la que conoceríamos para siempre por el nombre de Ninfa.

Ninfa, pequeña flor del norte, nació en el domicilio del declarante, su padre, un labrador de 27 años y fue su madre Florentina Mediavilla, natural de Herreruela, provincia de Palencia. Nieta por línea paterna de Gregorio de Mier y de Juana Gómez, y por la materna, de Marcos Mediavilla y Gaspara Vielba, estos últimos nacidos también en Herreruela de Castillería. De aquella fecha memorable fueron fieles testigos los vecinos de Areños Ceferino Díez y Secundido Párbole y con esta cita casi fiel del acta de nacimiento de Ninfa de Mier, que nos dejó el 17 de febrero de este año (2000), doy cumplida respuesta a su nieto José Luis Estalayo, fraile franciscano de 5O años que reside en Méjico y por el que Ninfa sentía predilección.

Ninfa, permíteme José Luis que se lo diga a mis lectores, tal y como tú me lo transmites, simboliza el alma montañesa, porque Tremaya fue su cuna y en aquel pequeño rincón que mira hacia Tres Mares fue escribiendo su diario: las penurias del final de la guerra, el incendio que consumió su casa, las angustias de todo campesino que espera en jarras la cosecha. Y sé también por su boca lo que ahora me recuerdas, que hizo gavillas, rompió cabones, sembró, segó, acarreó la paja a la era; trilló, cribó y almacenó el grano para llevarlo luego al molino. Lector amigo, que me vienes siguiendo, estoy emocionado en medio de tanto recuerdo. Quizás la montaña esté expirando lentamente, pero mereció la pena una flor en ella como Ninfa.

Quizás nadie conciba para la montaña un modelo de vida que la llene de rostros como el suyo, de poderosa savia; de visitantes que de tanto venerarla vienen un día y se quedan en ella para siempre, que es lo que ahora nos hace falta.

Puede que este devaneo mío, este repiqueteo de campanas, este dalle de florituras que se van agotando a medida que se gasta la piedra que los pica, sea un golpe mal dado sobre la tierra seca. Yo creo que es un sueño que soñaron las mujeres y los hombres como la ninfa de nuestra historia, acostumbrados a los yugos y a las lluvias, quienes aún sabiendo que pocas veces llega la recompensa a su tiempo y medida, nunca dejaron de sembrar la tierra para que quienes vinieran detrás encontraran el surco que ellos dejaron y siguieran sembrando.

No podemos engañar a nadie. No debemos engañar a nadie. A veces nos viene bien un guiño para desconectar de tanto fulgor como se nos vende a diario, porque si repasamos los titulares de la prensa de los últimos meses, comprobaremos que la montaña palentina se está vaciando de ninfas que la trabajen y la mimen, y está llenándose de astutos negociantes que la engalanan sólo y únicamente con el propósito de exprimirla en beneficio propio hasta las últimas consecuencias.

De este modo, la tierra, como las gallinas y los hombres que no reciben el alimento adecuado, dejará de servir como surco para las generaciones venideras y las ninfas, como la Ninfa de carne y hueso que alimentó esta historia, perderá todo atisbo de cordura y belleza.

"Cuando muera -había dejado dicho- me vistes en el suelo, pones una sábana blanca en la cama y me colocas sobre ella".

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