Reflexiones románicas

Jaime Cobreros, en un artículo que lleva por título “Románico y creencias”, escribe que el románico es un estilo de plasmación arquitectónica y escultórica vivo y actuante sobre el hombre” Y va más lejos al señalar que, como arte sagrado, tiene la particularidad de dirigirse a todos los hombres y a todas las dimensiones de cada hombre”.


Si esto es así, no estaremos tan alejados ni seremos tan salvajes como algunos imaginan, cuando los expertos en arte han llegado a decir de nuestra colegiata de San Salvador que constituye un ejemplar hermoso y extraño, belleza sólo igualada y repetida en la iglesia de Villaconancio. Se habla mucho de la decoración de sus capiteles a base de tréboles y frutas, de espirales y aves y de su nave que engancha en tres ábsides a partir del crucero, o su espadaña de dos o tres cuerpos (parece ser que lo de los cuerpos es válido de las dos maneras, depende de quien la mire y de la observación que cada uno alcance en esa observación de los elementos que la forman).

Todos los visitantes coinciden en la sensación que aporta de unidad y equilibrio, teniendo en cuenta que se levantó en pocos años y fue obra de un maestro y de los mismos canteros y tallistas.

Otros van más lejos en su reflexiones afirmando que este arte sagrado constituye un concreto modo de entender el mundo, una manera de concebir la sociedad, la política, la economía, la religión...

A mi, que no entiendo de arte, me fascina que alguien deduzca tanta profundidad y sentimiento en el entorno donde se enclavan estas naves. Hasta me siento transportado a otras épocas donde los especialistas dedicaban una vida entera a imprimir dibujos en las piedras. Deduzco que la montaña, al decir de quienes pintan ese sentimiento en el románico, es un lugar al que sólo le falta gente que la entienda y que quiera vivirla. Hay quienes se atreven a descifrar en una escena el miedo que soportaban los habitantes de aquel tiempo, o los castigos que temían; de qué modo, basándose en la cualificación intelectual de las personas, su grado de visión o lectura les ayuda a penetrar en la intimidad de los símbolos.

Y a lo mejor, pienso yo que, debido a ese modo tan profundo de interpretar el arte, no vieron o no quisieron ver a los moradores que viviendo a la sombra de tan esbeltos muebles parecen condenados a extinguirse en silencio.

Nuestros antepasados, que eran inteligentes —pues han sabido emocionar como nadie a estos cultísimos—, ya debieron deducir que su trabajo dejaría boquiabiertos a muchos visitantes y sería una balsa de oxígeno para quienes abrieran una casa de turismo rural en las inmediaciones.

Aunque me parece más coherente y apunto la respuesta que ofrece Peridis: tratar el Patrimonio, ponerlo en valor, comunicarlo, que nazcan artesanos que lo valoren y lo restauren y que todo gire alrededor con la premisa de repoblar estos lugares.

Seguro que esa restauración no dura siempre, pero si estamos hablando de un románico tan especial y rico, si toda la montaña palentina está llena de templos que necesitan revisión y cuidado, tendremos que insistir en ese camino y, puesto que las piedras nos hablan con tanta vehemencia y claridad, tendremos que aprender su lenguaje para que pueda servirle de acicate a las generaciones venideras.

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