Osos, 25 - Humanos 15000


En 1984, el Fapas crea el proyecto Oso. Ocho años más tarde, en 1992, nace en Oviedo la Fundación Osdo Pardo, cuyo lema es: "contribuir al conocimiento y a la conservación del oso pardo y de su hábitat".

Me parece bien y lo apunto como parte de esa diversidad que enriquece los caminos del hombre. Pero no dejamos de felicitarnos por el lema que aparece en la cabecera de nuestra Asociación: "Por un desarrollo sostenido y armónico de nuestra zona en el que, la mejora de vida de las personas sea el objetivo primordial e irrenunciable".

Marc Alonso, un técnico de la Generalitat encargado de seguimiento del oso en unas declaraciones a un diario nacional a finales del siglo pasado, pide a las gentes que no crean en las historias mitológicas que se cuentan, que no hagan caso de esas leyendas negras donde el oso es la alimaña que se come todo lo que encuentra.

El hombre, aunque mermado por la losa de la emigración, gana por goleada al oso. Los defensores del animal saben que para tener más osos hay que aumentar el número, y para cumplir esta premisa, en 1996, los franceses sueltan a Giba y Melba, dos magníficos ejemplares capturados en el sur de Eslovenia. Giva, de unos seis años de edad y 100 kilos de peso; Melba, un año más pequeña. Cada animal llevaba entonces dos emisores que permitían conocer con un margen mìnimo de error, dónde se encontraban, qué comían y de qué modo se iban integrando en el paisaje.

El técnico que me sirve hoy de base, formaba parte del programa Life, un proyecto de la Comunidad Europea en el que participaba Francia, Navarra, Aragón y Cataluña. Dentro de ese programa se contemplan diferentes medidas, muchas de las cuales se citan también en nuestro término: mejora de los hábitats, gestión de las zonas oseras, ayudas a los ganaderos...ect. Los franceses fueron los únicos que se comprometieron a la liberación de osos importados, mientras que por detrás, desoyendo las mejoras que prometían, los ganaderos y agricultores dijeron que "matarían a la bestia, si pudieran". En el lado español fueron más prudentes y se conformaron con que los defensores, los guardianes o el Estado (quien quiera que fuese el responsable), les resarciera de los daños que el animal causara en las colmenas y el ganado, no sin advertir que, si fuera necesario, se haría se haría uso de la escopeta y el veneno.

No se miden esfuerzos para la conservación y el acomodo del oso. Las patrullas se encargan de buscar pieles y excrementos que envían a los laboratorios de Madrid. De eso modo, cada día se saben más cosas de ellos: se estudia a conciencia su ADN, se pretende conocer con exactitud el número exacto de ejemplares, su grado de parentesco, su variabilidad genética, de manera que ningún furtivo pueda escapar a la justicia. Guillermo Palomero, que hace unos días concedía una entrevista a la Agencia ICAL, con motivo de la apertura del Museo de Verdeña, ya dijo entonces:

"Vivimos un momento histórico: o salvamos ahora al oso pardo, o nos despedimos de él para siempre".

Y para compensar de algún modo aquellas impresiones donde el oso era el rey y nada sobreviviría a él, el reportero suaviza el asunto con la intervención de Marc Alonso, quien asegura que: "el futuro pasa porque el oso y el hombre sean compatibles y complementarios".

Yo soy consciente de que todos los que están involucrados en este programa de defensa del oso han hecho bien su labor. Lo hacen bien, coño, reconozcámoslo. La muerte de un oso conlleva un duelo largo, que siempre lleva por testigo a la estadística.

Se pretende sensibilizar a la población, hasta que el lamento del peligro de su extinción se haga una coletilla imprescindible en todos los escritos y referencias. Dentro de poco, nadie se acordará de los hombres y mujeres que hicieron posible la vida en esta tierra, sobrellevando tantas cargas y dificultades con la mejor sonrisa.

Me pregunto: ¿qué ocurrirá el día que los investigadores den con la clave para que la población osera se reproduzca y crezca?

Si los naturalistas siguen haciendo su labor como hasta ahora, pronto se hablará de habilitarle al hombre un hogar nuevo en torno a las villas más pobladas, para que uno de los animales más tímidos y solitarios de nuestra fauna se acomode y viva a cuerpo de rey en el contorno.

Miedo me da pensarlo.

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