Las cuatro estaciones


Al amigo y colaborador desde México, José Luis Estalayo

Suerte o tesón, tal vez un poco de ambos, quiero agradecer a los responsables de este diario la oportunidad que me brindan de escribir cada semana de la montaña palentina, realizando una mezcla, en ocasiones explosiva, que viene bien para desperezarnos y advertir que el letargo no es bueno para nadie.
Pero no basta la fe, es necesario la paciencia, es conveniente la insistencia, aunque el pasado sea un prólogo y vivamos cada cambio y ruptura con esa sensación de ir perdiendo por el camino cosas.

En medio de estos capítulos, además de las cartas de quienes se sienten ofendidos o en desacuerdo con mis juicios, hay personas tan entregadas como José Luis Estalayo, franciscano que vuelve sus ojos a la tierra desde Méjico, buscando cada año la complicidad de una estación. Este año ha tocado el otoño con todo el olor y el colorido que la tierra desprende a estas alturas. El hombre, que cumple bien con el adagio de su congregación, se mueve por las cercanías, visita las parroquias vecinas, ayuda al sacerdote, y trae consigo en cada escapada a uno de esos muchachos de ojos grandes, que vivirá, seguramente, sorprendido por cada paso que le invite a dar su protector perniano. José Luis, que ha logrado este año filmar al oso, no sé si con la connivencia de quienes tanto le protejen, viaja desde Tremaya a Bilbao para hacerme entrega de un DVD con el que a título personal quiere agradecerme esta sección de "Vuelta a los orígenes", considerando mi labor como un puente para que se mantenga viva la llama del recuerdo, y se reconozca y se potencie nuestro rico folklore.

Yo diría como Yasmina Reza: "Donde quiera que vaya, sea cual sea mi suerte, juego en la llanura (montaña) solitaria, lloro lo que lloran los olvidados". José Luis me acerca la tierra de la que hablo con todos los latidos y sonidos: el invierno entrando en Tremaya, la cabaña llegando al puerto en primavera, el raposo, el ciervo, la perdiz...

No voy a negar que me siento en deuda con él y con tantos otros que siguen desde hace años este concierto mío, con sus altibajos, con sus silencios, a veces llenos también de torpes notas, pero siempre sincero a un propósito que me marqué siendo muy joven: sin apagar el protagonismo de quienes lo viven y lo cuídan, publicitarlo sin descanso, sabedor de la riqueza que guarda esta montaña nuestra. A todos nos preocupa la demografía. El pasado año se cerraba la última explotación minera ubicada en los Redondos.

Promoverla es la parte más fácil, aunque sí es cierto que requiere mucha fuerza de voluntad para no sucumbir ante esas voces negativas que en todas partes hacen nido y que extrañamente disfrutan con el escabroso entretenimiento de poner trabas.
Hay que salvarla, aunque en el fondo no encontremos argumentos, salvo las palabras generosas de nuestros representantes.

Yo digo lo que siento, lo que ya siente tanta gente: "quien viene, vuelve", quien se adentra en ella, y conoce a su gente, y recorre sus montes, y visita las cuevas y museos, se siente de inmediato atrapado por ese encanto que desprende.

No estoy negando tantos lugares lejanos y hermosos de la Tierra, estoy empeñado y resuelto en que se conozca este Parque nuestro, que lo tenemos tan cerca, que define con tanta precisión cada estación del año.

@De la serie "Impresiones", en Diario Palentino.
Imagen: Camasobres, por José Luis Estalayo



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