No sé lo que esperan ustedes de mí. Yo soy un pobre hombre nacido hace casi 60 años en un rincón de la montaña palentina, a donde vuelvo una semana al mes cuando me lo permite mi trabajo. Allí refresco las ideas y recojo las inquietudes de mis paisanos, que a veces las cosas no son lo que parecen y todo va volviendo a su cauce a medida que escuchas, que razonas, que te interesas por las cosas. Como las gentes, como el mundo, has ido del blanco al negro en muchos tramos. Como las historias que te llegan, culpando al mundo de todos los días malos y, claro, te das cuenta de que no estás solo, que aunque parezca que los demás no se involucran, también a ellos les afecta; que quien se desentiende, se condena.
Para aclararlo, es como cuando el personaje de tu novela se va abriendo camino, va pidiéndote paso, necesita su propio lugar para validar su propia historia, que es la buena, la real; que es la que cuenta, que es la definitiva. Lo mío no tiene mérito. Y no lo digo para caerle bien a quien ahora me mira mal porque pensó que mi trayectoria personal en este diario era un reto para engrandecerme y salir en la foto.
Algo tenemos que hacer todos ante esta sinrazón que nos asiste.
Sí, esta riada de injusticias, esta riada de desatinos, este mar de olvidos que nos dejan ahí, a la deriva, sin que sirva de mucho todo lo que fuimos consiguiendo a base de tesón y de esfuerzo. Reniego de las banderas, pero llevo en lo más alto la historia de esta tierra. Que no será bastante, que algún error conlleva, que no servirá para mover la voluntad de nadie, pues a lo mejor, pero es la historia de un pueblo, no es la mía.
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