Viaje al occidente de Cantabria

Cinco son los nervios principales que forman esta extensa comarca: La ruta de Piedrasluengas: un extenso ramillete de pueblos que junto al río Buyón caminan hacia la capital de los mercados: Potes; la ruta de Espinama, en el extremo más occidental, que enseguida nos dejará en el Monasterio de Santo Toribio; la ruta de Aliva, el desfiladero de la Hermida y la ruta de San Glorio.

Pero por proximidad y contacto voy a centrarme en la primera.


Nadie ha discutido nunca la majestuosidad del Peñalabra, que los paisanos denominan familiarmente “mesa” o “baúl de Polaciones”. Subir a la cima es cosa de dos horas, y quienes conocen su bravura, aconsejan hacerlo por la parte sur, la que mira al valle de Pernía.
Mi buen amigo, el poeta vasco Marrodán, lo expresaría así en verso:
 “te rindo estas palabras, te evidencio:
montaña de color, devoción sana…”
Su ladera está plagada de flores muy conocidas y apreciadas por nuestra gente: arzolla, genciana, te, sanguinaria…, milagrosas porque abren el apetito de los niños, desintoxican la sangre y curan las hinchazones. Pero no hay palabras para describir el mundo que se divisa desde su cima. Uno se imagina cómo buscan el mar aquellos valles cántabros, a la derecha, esa luz especial que despide la barrera de los Picos de Europa, y,  al frente, las inmensas llanuras castellanas, los pantanos. Desde la parte palentina uno se va metiendo en estos valles fértiles, donde, merced a esa incomunicación y lejanía que padecieron, se nos muestra un paisaje inmaculado y una forma de vida inalterable. Los carreteros que viajaban hacia Palencia, tenían su última parada en la Venta del Horquero, antes conocida como la venta de Ezequiel y las Cortes. En otro tiempo también se conoció como la venta de Cantalguardia y los nativos del lugar aseguran que perteneció al valle de Santa María de Valdeprado, según papeles donde se especifica los gastos que tuvo el valle en retejarla hacia 1750.
En este punto, donde la historia nos divide por un famoso y viejo pleito, el viajero puede recrearse con las leyendas de bandidos y las historias de carreteros y caminantes que en los crudos inviernos trataban de salvar los últimos kilómetros.

Los viejos lebaniegos recuerdan los largos viajes que realizaban con los carros, sobre todo a las poblaciones de Cervera, Aguilar y Mave, donde llevaban ruedas y barandillas, albarcas y escarpines, para regresar cargados de patatas, vino y harina. En documentos antiguos, según el Becerro de las Behetrías, los reyes mandaban donaciones y de su estudio se desprende el vínculo tan fuerte que nos mantuvo unidos a esta tierra. Así, el obispo de Palencia tuvo en tiempos Señorío en la parte de Polaciones, los pueblos enteros de Cotillos, Salceda, San Mamés y Tresabuela. Y en Liébana, los pueblos de Viñón, Castro, Rasés, Soberado, Valmeo, Bárago y Bedoya. Soberado en la actualidad forma parte del concejo de Bárago (cuya fundación se calcula hacia el 929). Desde estos pueblos se transportaban en carros las manzanas para venderlas en los pueblos palentinos de Lores, Vidrieros y Triollo.

Nos encontramos en el paso natural que los Cántabros emplearon tras ser derrotados por Agrippa, para ir a refugiarse en el Monte Vindium. Aquellos bravos cántabros, que al decir de algunos investigadores bebían sangre de caballo, pasta de la que llevan bastante nuestros cuerpos, fueron capaces de mantener una guerra de diez años contra las invencibles legiones romanas.
Me he referido en varias ocasiones a la belleza de estos valles vecinos que, cobijados del cierzo por la grandeza de los Picos de Europa, disfrutan de un micro clima que permite el cultivo de la vid y el cerezo, el trigo y el maíz, el olivo y el alcornoque.

Cuando hablo de la inmensidad y la grandeza de estos lugares, recuerdo la lectura de Robert Wagner en Verdeña. El descubridor del bosque de fósiles explicaba allí la causa de aquellas formaciones haciendo mención al cataclismo que alteró la tierra y levantó una montaña donde antes había un mar. Si allí colmó la alegría de nuestros ojos semejante fenómeno, a medida que nos metemos en la comarca lebaniega mayor se nos representa el espectáculo que las fuerzas tectónicas produjeron hasta elevar los sedimentos del lecho marino a la altura que hoy se encuentran.
A la belleza del paisaje se une la variedad y la riqueza de su flora y su fauna y un largo capítulo etnográfico todavía por estudiar.

De la sección "Vuelta a los Orígenes", en Diario Palentino. 
20.11.04 @ 08:00:00. Archivado en Artículos, Los lugares.

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