Leer y comprender

Un libro es un regalo. Cualquier libro por pequeño e insignificante que parezca, va impregnado con el sentimiento de un autor, muchas veces anónimo, que generalmente escribe, como los antiguos, por amor. En todos los casos, el dinero, la fama o el injusto olvido vienen después.



Sentado este precedente y con el respeto que me merece la obra y, sobre todo, la persona que está detrás, conviene hacerse algunas consideraciones en aquellos libros que hablan de la montaña palentina.
Cada quien es libre de hablar o de escribir de lo que le plazca, pero hacerlo por capricho de una tierra a la que sólo se la conoce por referencias, no me parece serio. Todos los autores que han soslayado esta premisa, y se han referido a nosotros incitados por un efecto de atracción, han caído en la trampa, se han volcado en excesivas referencias a otros autores, vivos o muertos, y han confundido cantidad de cosas: vocabulario, enclave, citas, términos que son la esencia y el baluarte nuestro.

Por ejemplo, uno de los criterios que no comparto es la división que se hace de la montaña en muchos libros, cada uno a su criterio o a gusto del patrocinador. Previamente, los autores, que ya intuyen el riesgo que conlleva hacerse cargo de ello, emiten una señal de advertencia, se lavan las manos como Pilatos: “Nosotros escribimos, pero lo hacemos conforme nos exige el editor y tiramos por la calle de en medio”.
Un libro es necesario. Nos abre las puertas a un mundo desconocido o ignorado. A veces es la única herramienta que nos queda para recordar a quienes conservaron para nosotros la entraña verde con sus rocas salientes y sus pastos; las casonas de piedra, con sus corrales y bodegas; la enhorabuena a la moza del pueblo que se desposa, ritos y lecturas que despiertan la admiración y el comentario.

Es verdad que muchas historias se apagaron con ellos, pero los libros rescatan el pasado, ponen luz a la historia, remueven las conciencias para que valoremos en su justa medida lo que ahora queda y, en definitiva, nos alientan para que, frente a tantas negativas y controversias como se suscitan, sigamos defendiendo el legado familiar.

Cualquiera puede hacerlo. No debemos interponernos ante las expresiones de otros ojos, pero algo debemos tener bien claro: nosotros no podemos abandonar nunca. Más allá de todo el protagonismo que las generaciones futuras quieran darnos, debe prevalecer la voz y el pensamiento de quienes lo heredamos.
Esa y no otra es la razón por la que, mientras me quede aliento,  estaré siempre a vuestro lado.

Imagen: Toño Gutiérrez

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