Señores abusadores

En modo alguno, el abuso que aquí voy a mencionar, es exclusivo de estas tierras. La historia está llena de ejemplos a lo largo y ancho de nuestro país. En A Peroxa, provincia de Orense, tuvo lugar el movimiento denominado “agrarismo”, asociación que luchó contra la excesiva carga de impuestos y el abuso de los señoríos.



En Extremadura se cita a Hernán Rodríguez Monroy y de las Varillas, al frente de once señoríos entre los que se encontraba el de Robledillo y Cabo de Gata. En Castilla y León hubo un tiempo en que los señoríos avanzaron a un ritmo desenfrenado y sólo la revisión de los Reyes Católicos pone un poco de coto a sus desmanes. Pero no logran detenerlo, por lo que aquellos siguen nombrando alcaldes y regidores a su libre albedrío, exigiendo retribuciones o servicios en reconocimiento a su labor. Fue tal el abuso que se dio que los jefes de las Comunidades de Castilla en 1521 le hacen la siguiente cita al Gobernador del Reino: “Vean vuestras señorías cuán pocos pueblos han quedado al Rey: de aquí a Santiago, que son cien leguas, no tiene el Rey sino tres lugares”.

Gracias al reciente repaso de nuestra dilatada historia, he podido constatar lo que ya reflejaban en su día diversas tesis, como la que firma Karen Mazarrasa en 2007, haciendo un recorrido por el arte y la arquitectura religiosa en el valle de Liébana durante la Edad Moderna.

A tal extremo debió llegar la ostentación de su poder, allá el duque del Infantado en el siglo XVIII, acá los duques de Frías, que la monarquía estudia el modo de impedirlo, cuando no de atajarlo, buscando el fortalecimiento del poder real en detrimento de los señoríos. Pero como ya hemos dicho, todas las medidas adoptadas por los monarcas, no merman ni debilitan el abuso que los respectivos señores ejercen sobre sus zonas de influencia.

En el Catálogo Monumental de la provincia de Palencia, se menciona la ejecutoria por la que el rey exime al vecindario de Camporredondo de la obligación que tenía con la casa ducal. Según los fueros que se conservan en el Archivo Municipal, los vecinos debían labrar las tierras señoriales, recoger los frutos, esquilar los carneros y recentales y escarmenar e hilar las lanas. Cuentan que cuando el duque iba de caza y mataba un oso, los vecinos estaban obligados a regalarle un carnero, como muestra de agradecimiento por haberles quitado un enemigo.

Otro tanto sucede en Cervera con los Condes de Siruela. Como bien recuerda Sabino Luis Mayordomo en un programa de fiestas, durante siglo y medio “los señores residen ausentes”, sólo preocupados de cobrar cincuenta cargas de siembra, de que sus rebaños trashumantes tengan pastos frescos en los montes pernianos y de que se les reserve las truchas del río Rivera, que ellos siguen llamando “el cenadero”.

Con este ejercicio he querido trasladarles a una época donde las penurias se escribían con mayúsculas, y donde nuestros antepasados, a quienes de algún modo les debemos la vida, estuvieron sometidos a los caprichos de estos abusadores.

En otro artículo recordábamos “el pleito de la montaña”, donde también el rey arremetió contra nuestros paisanos exigiendo un tributo millonario que los hubiera embargado de por vida.

Ver también artículo relacionado, de mi libro "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería", en Curiosón
Imagen: Peña Tremaya, por @Pumar59

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