La Romanización (y VI)

Antes de cerrar esta conversación, una pequeña aclaración para quienes intuyen que me estoy equivocando con el título. Se entiende por romanización de Hispania el proceso por el que la cultura romana se implantó en la Península Ibérica durante el periodo de dominio romano sobre esta. Y dentro de esa cultura, se encuentran las construcciones... las iglesias que en tal modo nos tocan a nosotros, hasta colocarnos entre los más beneficiados de Europa, sección que he abordado en homenaje también a quienes con profunda humildad nos recuerdan el trabajo tan bien realizado en ermitas y templos de todos estos pueblos.


John S. Richardson, en el sabroso ensayo "España y los romanos", publicado en 1998 por "Crítica", después de muchas consultas y lecturas, apunta que "en un sentido inequívoco, España fue una creación de Roma". Los habitantes de las provincias se romanizaron con el deseo de imitar a sus conquistadores en unos casos y, en otros, fueron empujados por el afán de los romanos en adecuarlos a ellos. Y aunque el hecho de la romanización toma detalles mucho más amplios y complejos, donde salen a colación leyes y costumbres, yo quería señalar que nos romanizaron, sobre todo y principalmente, por el arte.

Ramón Revilla Vielva y Arcadio Torres Martín, al plasmar el epílogo, son conscientes de que nada nuevo han aportado; que a su ensayo le faltan las descripciones minuciosas, que por otro lado serían inútiles para los que no sientan entusiasmo por este fenómeno y no revestirían interés para los especialistas en materias arqueológicas. Pero siempre se mueven las historias, para comprender mejor lo que en tiempos pasados debió significar para muchas personas la culminación de un sueño, y prefiero esa explicación de la historia que no la que puedan aportarnos los expertos y a cuya explicación técnica y descriptiva no pretendemos llegar.

Además de la bondad del paisaje, uno de los motivos permanentes de atración es el románico que lucen nuestros templos, concentrado en la zona norte y, cuidándolos y, restaurándolos, no sólo nos contagiamos del proceso sino que estamos de algún modo dando vida a todos estos pueblos.

Imagen: Campanario de la colegiata de San Salvador, por José Luis Estalayo.

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