la montaña palentina y el duelo

A propósito de la última muerte de un minero.
Escribió Ortega y Gasset: "La civilización del siglo XIX es de índole tal que permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado, del cual percibe solo la superabundancia de medios, pero no las angustias".


 
Sabemos que existen dificultades a nuestro alrededor, nosotros mismos las tenemos, y no han de ser necesariamente materiales: las hay culturales, de adaptación, sanitarias... Creíamos que disponer de medios era la razón fundamental para perder el miedo a todo lo demás, y nos hemos equiparado en base a las mejores tierras, a los mejores inversores, sin importar esos anuncios que tanto hablan de crisis. Y bien, hemos conseguido anular en buena medida las angustias. Cada uno que tire de las suyas. Esa es la mayor barrera, que no tiemble ante las angustias de los demás.

La vida está llena de duelos, a cada cual mayores, pero cada persona rumia el suyo y, si acaso, una vez encumbrado, bien surtido de todo, entre tanto movimiento, justifica el paulatino deterioro de su entorno.

Aquí los duelos, ¿sabéis?, continúan. En esta tierra a los muertos se les arregla bien, más que a los vivos, más que a los viejos, más que a los niños. Aunque dice una de las rimas de Gustavo Adolfo Becquer, amigo de nuestro gran pintor Casado del Alisal:

¡Díos mío, qué solos
se quedan los muertos!

Y es verdad. Pero la soledad qué mala es para los que permanecen, para quienes viven sometidos a un duelo permanente.

Nadie se va para siempre. Pasamos, hacemos caminos, dejamos rescoldos, y antes o después seguiremos doliendo a quienes se nos van, en apariencia, sin motivo, y seguiremos esperando que se vayan los que a nuestro juicio ya han cumplido, ya están listos, son muertos/vivos ambulantes por una ley natural que nos hemos creado.

Al muerto se le viste por última vez; amortajadores de paso, amigos del café, en presencia de la esposa que ya no tiene lágrimas. Le colocan uno de aquellos trajes arinconados en el armario, sin usar desde la última ceremonia: el bautizo del hijo de una sobrina, la boda de un hermano, el funeral de una cuñada que murió de infarto... No le preguntan nada, ¿para qué? El cadáver va de unos brazos a otros sin nudos que desatar en la garganta; de vez en cuando, se percibe algún leve vahído en personas que se han visto envueltas en el acto tan desagradable de imponerle a aquel hermano ausente un traje de rayas que siempre rechazó.

La cocina se va llenando de gente.

Rostros silenciosos que tratan de buscar un momento de concentración para musitar un padrenuestro. Todo en vano. Una mujer entra gritando, clama justicia al cielo. "¿Por qué él"?

Esta es la tía de Barcelona -dice alguien en voz alta, cuando la dolorosa dama sube las escaleras buscando el cuerpo inerte, para ver si es verdad.

Ya sabe ella que es verdad, pero los humanos tardamos mucho en aceptar las verdades que hablan del dolor, parece un sueño amargo, no alcanza fundamento la noticia. ¿Antonio muerto? No puede ser verdad. ¡Pero si estaba en la flor de la vida! ¡Pero si estuve hablando hace unos días con él!

Una vecina llega con un manojo de troncos. Pone los ramos más delgados debajo, mete un papel y prende fuego. ¡Aquello es otra cosa! Aquí las noches de duelo son muy largas y los vivos, aunque incrédulos, tienen los pies helados.

Ha entrado un hijo del finado, el que estudiaba en Valladolid. ¡Y que deben juntarse para esto las familias! La madre estalla en sollozos: ¡Hijo mío, qué gorda ha sido! ¡Ya nos quedamos solos!

El hijo no dice nada. Viene cansado de tanto tren. Se humedecen sus ojos, trata de esbozar una palabra de ánimo y carraspea al sentirse observado por aquellos rostros familiares. Si vivieran en la ciudad estarían solos y podría llorar sin que nadie le compadeciera. ¡Qué angustioso era todo!

Allí no respiraba nadie. Había cuarenta ojos pendientes de ellos. Ya han bajado a su padre, le han metido en una pequeña sala que hacía de comedor en el verano. Varios vecinos han pedido permiso para verle. Quieren que se abra la tapa. Ya está abierta. Este muerto no es igual que los otros. Los otros tienen blanca la cara. Este la tiene amoratada y la lengua le sale muy afuera. Le han cubierto la cabeza con un trapo para que no se vea la herida. Las manos una en otra, sobre el vientre. A dos o tres personas aquella imagen comienza a darles náuseas. Ayer estuve con él -comenta el Rubio, su compañero de partida. Acacio, su compañero de tajo, allá en el pozo cuarto de una mina perdida en la montaña, intenta explicarlo. "Yo estuve a su lado hoy mismo, a las doce de la mañana. Oí un ruído, voví la cabeza y vi como la tierra se nos echaba encima, Me tiré de cabeza por un pequeño hueco que daba a la galería..."

Los presentes asisten pasmados al relato. Aquí, en estas tierras, yas les han contado muchas veces sucesos parecidos, pero la vida sigue y las minas también, y los relatos no se acaban. En la sala, con el corazón apagado del difunto, brotan los primeros misterios del rosario. Otra vecina ofrece un poco de café. La cocina se ha llenado de humo, alguien ha metido un travesero encima de las brasas. Algunas risas se suceden. Hay comentarios jocosos que intenta apagar ese dolor reciente. Alguien recuerda el motivo por el que están allí reunidos y pide un poco de respeto.

Ha llegado Isabel, la hija más pequeña. A esta la engañaron las monjas de Palencia. Le dijeron que su padre estaba enfermo. Cuando llegó al pueblo era de noche, pero no se le escapó aquel ambiente tenso que reinaba. Había más luces que de costumbre, y la gente, mucha gente iba camino de su casa, hacia el monte, hacia la soledad, camino del duelo, y ella tan joven, con una mentira piadosa entre los dientes, sintiéndose presa fácil de tantos ojos, compadecida por otros que lo sufrieron antes, con su paso macilento, anunciando presagios a todos aquellos rostros que mañana volverían a su función , olvidando el vacío tan inmenso de aquel hogar, a las afueras de un pueblo montañés, que lo mismo te coloca en la gloria, que te anega de luto, que igual te eleva que te hunde... Un pueblo que para tí, niña temprana en el dolor que eres, habrá perdido buena parte de aquel encanto que tenía, cuando llegabas con tus risas y tu padre, el elegido esta noche para el cielo, salía a la puerta a recibirte con los brazos abiertos.

Para tí y para muchos otros, la montaña está de luto permanente.


@Del libro "Viaje a través de la montaña", Froilán de Lózar, Julio de 1989


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