Desiertos, desolados


“España supera la cifra de 44 millones de habitantes, pero 2648 pueblos han decretado el estado de olvido desde que sus habitantes dejaron de creer que allí había un futuro” Ese era, exactamente, el subtitulo con el que un diario nacional nos invitaba a reflexionar estos días. Desiertos y con las casas mostrando las tripas. Paraísos perdidos como el nuestro que se afanan en resistirse a la muerte anunciada. Universos condenados a la desaparición. “Todos juntos podemos”, grita la plataforma “Soria Ya”, el territorio más despoblado de la Unión Europea.


Para situarnos en medio de la hecatombe, según el Estatuto Nacional de Estadística, Soria ha perdido el 42% de su población. 129 de sus 183 municipios tienen menos de 200 habitantes.

Pero a la imagen de la desolación se suma la comedia, se busca hacer publicidad de lo inaudito y nace la desestabilización cuando se instaura la Campaña para premiar al político más incompetente de Soria. Se resquebraja el lema y pierde ya sentido una lucha que tenía buenas cartas.

De ahí se deduce que, aunque sea importante y fundamental que una plataforma a favor de San Glorio, una vez aprobado el proyecto, vele por los intereses de la zona, no se desvincule nadie, porque todos sabemos que las plataformas, las asociaciones, por norma general, van desapareciendo cuando se cansan quienes soportan sobre su cabeza todo el peso; o se dividen, como puede ocurrir con la plataforma antidesmontes de Guardo, si el empresario sigue enseñando el caramelo; o toman derroteros que poco tienen que ver con los principios que nacieron.

Desiertos, desolados, divididos... Benito escribe el artículo titulado “El arte de vivir en lo alto” y que hace referencia a la vida que lleva un matrimonio cerca del Golobar. Y María Alvarez, la corresponsal de este diario en Guardo, desarrolla en la crónica titulada: “Vivir en tierra de nadie” el olvido en el que se han quedado una treintena de alumnos de Fresno del Río, Villalba y Mantinos, que estudian en Guardo y se encuentran desamparados a la hora de acceder a los cursos financiados por el Miner.

Son tantas las historias que para nada desentona Julio César Izquierdo cuando habla de las reservas en las que se convertirán los pueblos. Es el pez que se muerde la cola. Vivir aquí es el lema más trotado, es lo que mueve en cierta forma todo, que los Diputados se impliquen, que las asociaciones no desaparezcan o desemboquen en manos de quienes viven fuera, que se restauren las viviendas, que las autoridades locales se sientan empujadas a hacer cosas, porque suele uno mirar demasiado al cielo y al paisaje, a la tranquilidad que infiere salir al patio y ver el monte y ver los prados y darse una sesión de aquellos aires. Todo muy bonito, hasta que uno hace la maleta de verdad y vuelve, y empieza a encontrar baches, y le empiezan a mirar a como a un extraño, y se da cuenta de que el médico acude sólo tres días a la semana, que el maestro va a dormir a Palencia o hay que enviarle al chaval por caminos tortuosos a la escuela de Cervera, que el Cuartel de la Guardia civil está cerrado, que el secretario viene desde la otra punta y no madruga, que no se respeta la propiedad ajena o se paga una miseria por su renta...

Y así estaríamos hasta mañana.

Son demasiadas cosas, demasiadas carencias, demasiados silencios y a todo no se acostumbra el cuerpo que viene saciado de servicios.

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