Buscando el principio



La misma editorial que en Julio lanzaba el libro de mi vida, porque es la vida de los míos, venía sugiriéndome desde hace años que me animara a escribir la historia de esta tierra. Fue una sugerencia inteligente, porque aunque nunca me hubieran publicado este libro, la invitación me sirvió para escudriñar en cada rincón de cada pueblo, para interpretar el nacimiento de la vida en estos lugares en condiciones muchas veces terribles.


Por esos viejos trazos, hurgando en viejos libros, apoyando mi estudio en los trabajos de estudiosos como Laureano Pérez, Gonzalo Alcalde, Daniel Fernández, Laureano y Valentín Ruesga, Vicente Basterra... he podido asimilar muchos de los cambios experimentados en las leyes, en el derecho, en las costumbres, aún hasta en el honor o en la moral, que tantos otros creyeron situar correctamente en el contexto histórico en que ocurrieron.

Uno también busca el conocimiento del pasado para darle sentido y vida, sirva la redundancia, a la vida de los nuestros. Daniel Fernández, que al inicio de la lectura de Cervera, entiende que no hay fuentes, que no hay datos, inconscientemente acude a la genealogía y va tirando poco a poco del hilo que va evidenciando lo contrario. El estudio de la gente que viene a repoblar estos lugares en el siglo IX va tejiendo el entramado social y cotidiano de la historia, lo que nos permite admirar la osadía de vivir bajo tan prieto yugo, incluso la de los señores que mandan y deciden a su antojo sobre la población, pero que estoicamente soportan muchos de los inconvenientes y las penas que soportan todos.

No quiero que mi relato se limite sin más a citar nombres y apellidos, la hora de su nacimiento o de su muerte, como si de una simple guía comercial se tratase, cuando tanta sangre bulle dentro de cada nombre, cuando tanto fulgor pende detrás de cada sitio.

A medida que avanzaba en la investigación, iba creciendo mi asombro y mi agradecimiento. Podía ponerle nombre y señal a muchos hechos. Aquello me animaba a profundizar en un camino que se hace más y más borroso en sus inicios, pese a todos los documentos que han ido llegando hasta nosotros. No hemos de olvidar, como ya se hicieron notar diversos estudiosos, que del siglo XVIII para atrás era muy común que hijos de los mismos padres tuvieran apellidos diferentes. Confieso que me inquietaba ir tan lejos en el tiempo, pese a toda la información que se iba generando. Daniel fue previsor hasta en eso: cogió el hilo de las gentes relevantes. No es asunto sencillo ir mucho más allá con los nombres comunes.

Sólo los Archivos notariales, los padrones y pleitos de hidalguía conservados en la Real Chancillería de Valladolid, o los archivos de los monasterios de Piasca, Santo Toribio o la Abadía de Lebanza; el Archivo de la catedral de Palencia, el Achivo Histórico provincial de Cantabria y el Archivo de la catedral de León parecen fuentes de información histórica fidedigna.

Creo que con este ejercicio, rindo cumplido homenaje a los que vivieron en mi tiempo, a los que empujados por la necesidad buscaron en otros puertos el sustento, a quienes contra toda presunción se aferraron a estos rincones y los vivieron desde el principio al fin, con todas las consecuencias, sin ningún tipo de arrepentimiento. A quienes nos precedieron, a los que año tras año nos visitan, a todos los que se sintieron atraídos y subyugados por el candor de su paisaje. Les invito a entrar en nuestra apasionante historia.

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