Una casa en Pineda

Un paseo por la memoria. Casi daba por hecho entonces, el nuevo pantano que finalmente no se hizo. He vuelto al Curavacas. Caloca, al otro lado de Casavegas, ya tiene carretera. Tantos años, tantos gobiernos y ha sido el polémico Hormaechea el que ha puesto un servicio imprescindible en aquella parte de la montaña. A éste le echan los tejos porque ha dilapidado una fortuna en cosas para el pueblo, mientras otros se llevan las comisiones y aquí no pasa nada. 



Caloca es el punto álgido de la belleza suma. Más arriba, en Pineda, conviven todas las etnias de Pernía. Tañuga y Secarro, puertos de Lores; Pomar, de San Salvador y el puerto de Cortes, de los Quinitos de Lomeña, pueblo del Ayuntamiento de Pesaguero. Puertos, todos, donde se sigue alimentando la trashumancia.

Cuentan los más viejos del lugar, lo ocurrido un cinco de junio, nadie me ha precisado de qué año. Nevó y trashumantes y vecinos de los pueblos tuvieron que bajar con su ganado.

Nuestro puerto termina en la Collada de Dobres y la «Mesa sin Pan», es la línea divisoria entre Pomar y Cortes.

Lo cierto es que en el «prao» -que llaman-, allá por donde culebrea el río «Aruz», que nace en el collado del mismo nombre, cerca de la peña Cuchilluda, mi pueblo ha levantado una casa con servicio y habitaciones, para que pastorear el ganado no sea una labor de unas injustas y casi inservibles quince mil pesetas al mes, que es la cantidad que cobran muchos pobres pastores. Pineda es, junto al resto de puertos que he citado y los de Arbejal y Resoba, más abajo, un parque natural de un valor incalculable. Ni los propios pueblos saben el valor que allí tienen.

No soy ecologista. Cuatro veces, acaso alguna más he admirado la grandeza de Sierra de Alba. Alguien habla de un pantano gigantesco en Vidrieros y me asusto. No por los diez chalets que por encima de este pueblo han construido, ni por las tierras, exentas de contribución, ni siquiera por los vecinos, que están esperando soluciones sin pronunciarse demasiado. No me asusto por la carencia de agua que pueda representar para los del sur la no construcción de este pantano. Los del norte se están sacando solos las castañas del fuego y en esta situación, nadie, sino ellos, merere disfrutar de un digno acuerdo.

Yo lo siento por la Casa de Pineda que es un rincón de paso excelente para el ganado trashumante y para el nuestro. Las aguas que inunden este valle, limitarán en gran manera el servicio que ahora presta a quienes siempre le cuidaron. El agua es un bien público, ahí lo tienen, ahí baja cristalino, puro cien por cien, a Camporredondo va directo, que lo aprovechen, que ya vendrán años más húmedos.

Ya sé que es un escrito, verdad, que nada vale, pero Palencia tiene una montaña a la que algún día los políticos tendrán que prestar la atención y el cuidado que merece.


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