Contra el olvido histórico

Hacer un seguimiento del folklore y recuperarlo allí donde se pueda, es tarea de todos, pero hay historias elementales que deben asumir quienes se encargan de promocionar, mantener o recuperar nuestro Patrimonio, ya sea desde la capital o desde la Junta, que con esto de las competencias no sabemos adónde apuntar; tal es el galimatías que quienes están dentro no saben o no quieren saber hasta dónde llegan sus responsabilidades. Esto pasa a menudo con el patrimonio histórico-artístico: “La iglesia de tal pueblo no se puede tocar porque es monumento histórico y el obispado no tiene competencia”. Esa es la respuesta más corriente y a ella se recurre a menudo cuando se viene al suelo parte del edificio. Y esto acabará pasándonos con todo.

 
Ya en 1993, destacados etnólogos de Castilla y León, denunciaron la pérdida de tradiciones día tras día, sin que nadie lo remedie. Es verdad que un puñado de gente nos hemos dedicado a recoger trabajos sin ningún tipo de remuneración, simplemente por afición, por apego al terruño, y lo hemos ido divulgando a nuestro modo, bien en prensa, bien en charlas o libros, pero eso no remedia la situación.

Angel Carril, director entonces del Centro Tradicional de Cultura de Salamanca, se expresaba de esta manera: “El sentimiento de impotencia que sientes cuando quieres conservar tradiciones que dependen de la vida de una persona envejecida es impresionante”.

Aun sabiéndolo, quiero aprovechar este nuevo cuaderno, para contar de vez en cuando tradiciones y ritos que marcaron la vida de estos pueblos. Por ejemplo, la tradición de cantar la enhorabuena a los novios la víspera de la boda: “No te la dan por esclava, te la dan por compañera; mírala pues como el sol, brillante como una estrella, hermosa como Diana, cuando asoma por la sierra”.

Yo nunca llegé a ver la despedida en San Salvador, pero sí me contaban las despedidas de Polentinos, donde todavía hoy se siguen celebrando. El día de la boda le colocaban a la novia un manto en la cabeza y le cantaban: 

“Ya te pusieron el yugo, 
ya te echaron la zamosta, 
ya no te vas a los trigos
aunque te pique la mosca.” 

El manto viene a representar el yugo. La zamosta es la última vuelta que daba el labrador a la tira de cuero utilizada para uncir las vacas. El labrador –parece que estoy viendo a mi abuelo Clementino– escupía para que pegara.

No importa el número de veces que lo recordemos, pues siempre saldrán a relucir historias nuevas. De la copla anterior, que es popular y que probablemente la encontremos en los libros que hacen referencia a la montaña palentina, a la que nos dejó Santos y que compuso para cantarla el día que se casó un mozo de Rabanal de los Caballeros con una moza de Polentinos: 

“Las corredoras de plato, 
las de la cinta turquesa, 
a la una la llaman “michi” 
y a la otra “la portuguesa”. 

Santos se mató en una mina de Barruelo, en una explosión de grisú en la que perdieron la vida 18 personas, pero alguien recogió el hecho y con la misma fuerza procuro yo hacérselo llegar a quien me sigue, pues entiendo que estamos obligados a transmitirlo para que otros lo recojan y no se pierda.

Ahora mismo, nosotros sentimos esa especie de impotencia a la que aludía el personaje del principio, porque en pueblos como Lores, San Salvador o Polentinos, aquellas coplas, las tradiciones, el folklore en definitiva, dependen de la memoria de cuatro personas.

Nuestro mayor anhelo es conservarlo, pero no podemos luchar solos contra los elementos de la despoblación y el envejecimiento. No se trata de cambiar una bombilla, ni de arreglar una arqueta, ni de preparar una comida. Esta tarea es algo más complicada y deben implicarse en ella las respectivas instituciones. Quienes se han adentrado en el pasado de estos pueblos saben que la investigación no ha concluido, pero algunas historias penden ya de un hilo muy fino, como es la vida de un anciano. Y sabemos que nadie lo podrá contar como él lo cuenta, si es que alguno se preocupa de luchar en firme contra el olvido histórico..


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