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09 noviembre 2018

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Si para cualquier lugareño, la fiesta de su pequeño pueblo ya es un aliciente, para Estalayo, que nació en Tremaya, anduvo de misionero por Perú y terminó en una casa-cuna de México, vivir a pleno pulmón la mojonera era el sueño más grande. Que luego pierde los papeles, y le confunden tantos puertos, y nos abrasa a imágenes desde los lugares más inhóspitos. Quiero entender un poco esa carrera en la que anda empeñado, con la intención de llevar lo más lejos posible cada historia que sale de estos pueblos. Y quiero entenderlo también por tanta gente que tuvo que emigrar y para quienes, cualquier noticia de su tierra es un manjar del cielo. 


Sabía que era una tradición ancestral que tiene sus comienzos en 1575, que se reunían las autoridades y familias de Brañosera y los Redondos en un hermoso paraje muy conocido por él y que se revisaban ante un notario los mojones que dividen ambos territorios.
Llegó temprano y se sumó a los que buscarían los mojones de los Redondos. El paisaje no podía ser más atractivo, el camino lleno de arráspanos maduros que invitaban a quienes participaron a parar de vez en cuando para saborear tan exquisito fruto. De pronto aparece lo que creyeron era el primer mojón con una cruz cincelada esculpida sobre una gran roca.

Cuentan que, el notario, con voz potente y clara, iba describiendo la ubicación de cada mojón. Que algún mojón se resistió, que la caminata fue larga y que, a medio camino, algunos se sentaron para degustar los alimentos que llevaban.

Describe José Luis cómo llegaron hasta el último, el más alto, el más notorio y el más hermoso. Cómo vivieron la romería en el llano más de 300 personas, cómo aquellos pleitos nos trajeron esta hermosa costumbre que se repite cada nueve años, este año, por primera vez, con la participación de las mujeres.

Una experiencia inolvidable para todos, también para quienes desde las páginas de un diario conocieron por primera vez aquel pleito hoy convertido en fiel costumbre.

La Madeja | Diario Palentino

18 mayo 2018

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Parece ya normal que a cierta edad nos embarquemos en los recuerdos, aunque a veces se nos nuble la vista y el acto nos provoque un encuentro con los demonios que en toda vida anidan. Porque hay gente que se declara enemiga sin conocerte de nada, por lo que otros les contaron de tu vida, que a saber cómo se lo contaron, en qué momento sucedieron las cosas y de qué modo atajaste tú los contratiempos con las escasas herramientas que tenías.

Eso pasa a diario, en todos los caminos te encuentras gente que no es como te la describieron otros, por envidias, por rencillas, a saber por qué no se detuvieron en la vida de las gentes que a ti te cautivara.

Es sabido que nuestro ilustre paisano Felipe Calvo tenía debilidad por los herreros y tan profunda fue la vinculación con nuestra tierra y tan sencillo en su grandeza, que un día se llevó a Jesús Juez a la Universidad. Jesús fue alcalde de la de villa de Cervera con el primer ayuntamiento democrático y era uno de esos protagonistas de los que siempre aprendes cosas, más allá de lo que te hayan contado otros sobre su vida y sobre su oficio, porque ponen alma y corazón, porque son buenos en todo lo que hacen.

Entonces, cuando un carro costaba 4500 pesetas y se tardaba quince días en construir, nuestro protagonista ya tenía doce apalabrados, unos de cañas y estadonchos, otros de tablero, mediante contrato de palabra, que era lo que se requería. Y que nunca fallaba.

Dicen que la fragua era como la cantina. Yo lo vi siendo niño. La fragua de Pepe Cajigal con aquel fuelle que ayudaba a caldear los hierros para luego trabajarlos sobre el yunque.

Pero lo explica muy bien José Luis de Mier en un librito mágico que nos dejó, a medias con mi buen amigo Simal, el pintor de Quintanaluengos. Dice allí que, “herrero era, sobre todo, el que herraba las vacas y las yeguas”. Antes de junio. Un día sonaban las campanas, y los vecinos acudían con sus animales para colocarles zapatos nuevos, pues los caminos no eran buenos y se acercaba la fecha de la recogida de la hierba.

De la serie "La Madeja", para Diario Palentino, 2018.

30 marzo 2018

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Este año vuelve a uno de nuestros valles pernianos una tradición que enraizó tanto y a la que con tanto empeño se entregaron mis paisanos, cuando los medios eran tan escasos para difundirlo y mantenerlo. Este viejo pleito, parece en realidad un acuerdo pactado para que hablemos hoy de ello.
Me refiero al recorrido de la mojonera, una fiesta singular que tiene su escenario en Covarrés, circo glaciar situado en la vertiente norte del pico Valdecebollas. Esta especie de guerra se desató en 1399 entre los pueblos de Los Redondos y Brañosera por la titularidad del valle de Covarrés, a donde subían a pastar los ganados de Redondo. Y de la misma forma, reses de Brañosera que fueron prendadas por el Concejo en los terrenos de Redondo.

La escritura de aquel primer pleito se formaliza en Herreruela de Castillería, el 19 de septiembre, lugar de la sierra situado a la misma distancia de Redondo que de Brañosera.

El conflicto se resolvió casi dos siglos más tarde y la sentencia de 1575 determinó que el terreno sería propiedad de los de Brañosera, pero que podrían disfrutarlo durante el día los de Redondo. El juez también quiso premiar el guiño impuesto a Brañosera, permitiendo que pastasen sus reses en terrenos de los Redondos. Luego, hay una llamada de atención a los dos pueblos, que invita a compartir y a respetar los términos.

Para dejarlo bien atado y evitar más contratiempos, se marca el límite fronterizo con mojones y se acuerda una revisión cada nueve años en el mes de septiembre

21 mojones definen la frontera, 13 de una usadía y 8 de otra, registrados la última vez en gps, lo que ayudará a localizarlos.

Pero al margen de los datos históricos que otra vez nos convocan, hay que destacar que de aquel pleito nació esta costumbre, que es una fiesta que reúne cada nueve años a los vecinos de ambas partes. Como bien dejó apuntado mi querido amigo José Luis de Mier, en un tiempo en el que las diferencias entre los vecinos se resolvían en el Concejo, y sólo pasaban al juzgado los asuntos de propiedades, aquello marcó la diferencia.

De la sección "La Madeja", en Diario Palentino, @2018.
Imagen: Valdecebollas, José Luis Estalayo.  

19 enero 2018

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Hay constancia escrita de que el ganado segoviano pastaba en los puertos de Pernía, en el llamado Pleito de la Montaña, entablado entre el obispo de Segovia y los curas de los pueblos serranos por el cobro de los diezmos y que se prolongó a lo largo de los siglos XVI a XVIII. En él se citan los lugares de Lores, Camasobres, Redondo, Polentinos, Resoba, Santibáñez, Rabanal, Arbejal y Cervera. Recuerdo los rebaños de merinas que llegaban desde Extremadura a nuestros puertos en verano.

Recojo esta cita a propósito en "Diario de León": “Los ingleses acaban de descubrir algo que los pastores leoneses saben de toda la vida: Que las ovejas tienen memoria. La entrenaron durante siglos de andadura por las cañadas, cordeles y veredas que ahora son pasto del olvido.”

Manuel Rodríguez Pascual, que lo ha estudiado bien, aboga por el retorno de las merinas a los puertos de alta montaña, grandes espacios abandonados por el decaimiento de esta actividad. Allí aporta cifras interesantes, como los 125.000 Kms de cañadas de los cuales 2320 corresponderían a la provincia de León.

Es verdad que con el paso de los años vuelven remozadas algunas viejas costumbres, pero no sé yo si incorporar las innovaciones técnicas y científicas a la cultura pastoril, como Manuel propone va a ser cosa sencilla, encontrándonos en un mundo que tantas emociones ha perdido, que va de cabeza a lo suyo, que vive obsesionado por el whatsapp. Pide, además, una mejora de las infraestructuras cuando sabemos los años que venimos padeciendo aquí el abandono en esta materia, siendo tan necesario para la comunicación y los servicios, y sugiere a los veterinarios que creen programas para formar pastores, como si los pastores fueran analfabetos, cuando nos dan cien vueltas en cosas prácticas que aprenden al sol y al viento de los puertos.

En lo que estoy ya más con él es en proteger las cañadas, que se desarrolle un reglamento, como han hecho en el resto de las comunidades, ya que pueden ser una alternativa para el turismo, además de formar parte de un rico Patrimonio Cultural de la Unesco.





...Para la sección "La Madeja, en Diario Palentino, @2018

30 junio 2017

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¿Quién no recuerda la matanza del cerdo? Era una ceremonia que se llevaba a rajatabla en cada pueblo. Era la comida de un año para la mayoría. Venían los vecinos a ayudarte. Los hombres, a matarle; las mujeres al río, a lavar la morcilla. Durante semanas, los chorizos se colgaban por encima de la cocina para ahumarlos. El lomo se metía en aceite, se salaban los jamones; las patas y las orejas se adobaban y se guardaban para el cocido y la fresquera de la casa estaba bien surtida de carne. Incluso, la cabeza se colocaba encima de unas parrillas y se asaba. Exquisito manjar. 


Pero la matanza era un rito, al que uno se prestaba después de una copa de orujo y unas pastas.
Y eso se hizo costumbre y se hizo tradición. Y eso mismo es lo que han venido recordando cada año en Villada, donde el Ayuntamiento, dice la sentencia de la Junta, lo ha venido celebrando como espectáculo, confundiendo aquella, a mi entender, el acto de reivindicación de la matanza, que no se trata de sacrificar una piara de cerdos, sino reivindicar el hecho de la misma, aprovechar la fecha para invitar a las gentes que residen fuera, que se sumen los pueblos vecinos, que participe un personaje público, que ello anime a llenar un fin de semana nuestros pueblos que ahora se encuentran bajo mínimos. ¿También multarán en Andalucía a los ayuntamientos que permiten que mueran reventados al sol muchos caballos durante el Rocío y otras fiestas similares?

Estos de la Junta lo que quieren es matarnos; mejor, que se mueran los pueblos, y que esta multa sea una llamada de atención para el ayuntamiento y las instituciones que colaboran en la misma.
Los que llevan la protección de los animales tan arriba, que dejen de comer carne definitivamente, que no vengan a nuestros pueblos a dar lástima, a denunciarnos por un concepto equivocado de maltrato animal, porque al final, no hay peor maltrato que la muerte por la que todos los animales pasan, aunque les den morfina para que no lo sientan.

Espero que el ayuntamiento le eche agallas y se niegue a pagar por algo que la propia Junta debería llevar como promoción en su agenda.

@Para la sección de La Madeja, en Diario Palentino



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