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26 enero 2018

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Este otoño fui a verlo. Mil años y tan fresco. Antes de elaborar esta entrada he dado vueltas y más vueltas en torno a este curioso nombre para un árbol. El diccionario inglés define” el escurridero” como un lugar. En otro punto de la red dedicado a darle lustre a los significados de las palabras, aseguran que es un conducto por donde se escurren las aguas de las minas, que aquí tiene buena causa en la colonia minera de Vallejo de Orbó y antes, incluso, en la afamada cuenca minera de Barruelo.


El escurridero en nuestra casa era el fregadero, aunque también en los laboratorios se habla de un recipiente de madera o metal para escurrir los tubos de ensayo e instrumentos después de lavarlos. Dicho escurridor es un invento del finlandés Maiju Gebhard, en 1944, con el objetivo de que los platos y vasos se fueran secando poco a poco y las gotas de agua fueran directamente al lavabo sin mojar ni ensuciar nada más. Pero aún hay más cosas y lugares donde se cita.

El Parque Natural de las Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, entre Málaga y Granada, tiene también que ver con esta curiosa palabreja. En concreto, Almijara deriva del nombre árabe “almijar”, que significa “escurridero”, se cree que haciendo alusión a la rapidez con que escurren las aguas de lluvia por estos arroyos hasta el mar.

En algunos puntos de Latinoamérica, el escurridero es un corral donde se recibe al ganado recién salido del tanque de baño. O lo era hasta hace pocos años.

Y así podríamos seguir, si el espacio no fuera de 2100 caracteres. Lo cierto es que yo viajé a principios de otoño a Valberzoso, una pedanía del municipio de Brañosera para ver y fotografiar el Escurridero. Un árbol milenario localizado entre los dos barrios de este pueblo, testigo de las “nuevas” y los “tratos”, que además nos recuerda la tradición de juntar el ganado y echar a suertes a ver a quién le tocaba la vecería y hacia qué lugar llevaban a pastar los animales.

Como en el de Estalaya, los vaqueros hacían fuego en su base, lo que nos deja una profunda oquedad. Pero merece la pena visitarlo.





Para la sección "La Madeja, en Diario Palentino, @2018

17 diciembre 2017

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El pantano de Aguilar, terminado en 1963, el que embalsa más agua de toda la provincia, cambió para siempre el destino de esta zona. Las obras se prolongaron durante diez años y el largo proceso de las expropiaciones finalizó en 1979 con el pago de los últimos terrenos de Renedo de Zalima.
Desaparecieron bajo las aguas cuatro localidades: Cenera de Zalima, Villanueva del Río, Frontada y Quintanilla de la Berzosa.


Cenera entonces era ayuntamiento al que pertenecían las pedanías de Matamorisca, Corvio, Matalbaniega y Villanueva del Río. Su fundación se remonta al siglo XII, donde se localizan documentos relacionados con la Bula Pontificia concedida por Honorio III y donde se menciona al rey Alfonso VIII.

Contaba con tres barrios y 200 vecinos que vivían en su mayoría de la agricultura y ganadería. Algunos ya trabajaban en las fábricas de galletas de Aguilar y el pueblo tenía herrero, albañil y molinero, además de algunas tiendas y un edificio conocido como La Venta, donde iban a divertirse los más jóvenes. La portada de su iglesia se trasladó al castillo de Monzón de Campos, donde se conserva actualmente.

Otro tanto ocurrió con Villanueva del Río, cuya iglesia románica de San Juan Bautista fue desmontada y llevada piedra a piedra hasta el corazón del Parque Huerta de Guadián en la capital. El puente medieval, levantado entre los siglos XIII y XIV, se puede ver cuando baja el nivel de las aguas del pantano.

De Frontada y Quintanilla de la Berzosa ya hemos hablado en el capítulo de Aguilar, municipio al que corresponden.

Imágenes e información complementaria
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El Video

10 noviembre 2017

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No he sido, y me arrepiento, un cronista de toda la montaña palentina. Me he limitado durante años a cantar las excelencias de una parte muy pequeña de esta montaña, que ahora venimos retratando de arriba a abajo y de lado a lado, y que ahora vamos descubriendo no sólo para quien quiera verlo, sino para nosotros, que no la ignorábamos porque nos la iban enseñando escritores y espeleólogos, pero que no veníamos a conocerla en las distintas estaciones del año, en las mismas preocupaciones que nos invadían a nosotros, en el mismo temor a perder poco a poco población, en un lamento que no trasciende pero que se nota cuando llegas de visita y te dispones a recorrerlo. Desconocía en esa magnitud esta montaña, me había limitado a citarla o a repetir lo que otros contaban de ella.Y cómo cambia todo cuando la miras desde dentro, con los pequeños gestos que la mantienen viva, con esa fuerza de voluntad que capitanean quienes nacieron y vivieron en el devenir de la historia.   


Hace unos días entraba por segunda vez en el camino que lleva hasta el corazón de este espacio natural, a espaldas de Revilla de Pomar. La imagen que se capta desde la entrada a este lugar en un día soleado te deja sin aliento. Era la segunda vez en mi vida que visitaba Covalagua (cueva del agua/cueva del Ivia), a la espera de la lluvia que alimente esa toba para que se oiga la cascada antes de llegar a la balsa reguladora.

Lo explica detalladamente un cartel a la entrada, donde crecen plantas curiosas como el torvisco, y el poligonato; la primera con muchas hojas en forma de punta de espada y la segunda una planta con propiedades medicinales, utilizada como analgésico, diurético y antidiarréico.

Ya de camino a este lugar, nos detuvimos en el pueblo de Villarén de Valdivia, bajo el monte Bernorio, importante escenario de las guerras cántabras contra Roma, donde se localiza la ermita rupestre de San Martín.

Pueblo llenos de historia que necesitan ser vividos, que necesitan ser contados. He llegado tarde, no tiene perdón, pero he sentido otro mundo lleno de encanto que no deben perderse los amantes de la montaña palentina.

De la sección "La Madeja", para Diario Palentino. @2017

20 octubre 2017

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Hay lugares cercanos que desconocemos, con historias y encantos similares a los que por aquí vamos contando de nuestra montaña palentina. Es el caso del valle cántabro de Valdeolea que comunica con los nuestros por la sierra de Hijar y que es clave para conocer el proceso de romanización que allí se hila, un proceso que nos alcanza y nos hermana de algún modo, pues aquí llegaron algunos de los maestros canteros que trabajaron en las nuestras y uno de cuyos ejemplos lo encontramos en Las Henestrosas de las Quintanillas, una pequeña población a 7 kilómetros de Mataporquera. 



Entre aquel término y Bercedo, en lo alto de un cerro, se localiza Santa María la Real, una pequeña iglesia, cuya primera construcción, de una sola nave, data de finales del siglo XII. Los historiadores la sitúan en el románico tardío, aunque muy reformada en los siglos posteriores. En 1503 se ampliará con dos naves laterales. De la mano de nuestra guía y amiga Margarita Marcos, pudimos admirar las pinturas murales atribuidas al maestro de San Felices que también dejó su huella en las de Santa Olalla de la Loma y Mata de la Hoz.
El buen tiempo nos permitió disfrutar de un menú especial en La Cuchara del Camesa, un rincón encantador levantado en Olea, uno de los pueblos más grandes de la comarca, donde todo es diferente a lo que viste antes en otros sitios, con una visión estupenda del valle y donde uno se queda alelado con todos y cada uno de los detalles que adornan el contorno: bancos de madera o de piedra, simpáticos bocetos en los mojones, un lugar para la siesta en la planta superior, con una biblioteca muy bien alimentada con las publicaciones que se han ido haciendo de estos lugares y, en fin, manos artesanas que no sólo miran la naturaleza sino que ponen el mismo mimo en cada plato que presentan: ollas ferroviarias, con una buena muestra de las alubias de Saldaña; trillos de calabacín o tocineta, orujo de los Camachos de Liébana...

Es la primera vez que me adentro en este valle. He de volver muy pronto. Si es posible, en primavera, que hay muchas cosas que admirar en este lugar vecino de Valdeolea.

De la sección La Madeja, para Diario Palentino, @2017

23 septiembre 2016

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Sobre un verde intenso, que se extiende como un mar sobre este hermoso valle de Cantabria, al visitar Caloca, uno se adentra por sus empinadas callejuelas, por donde se mezclan los olores a robles, hayas y alcornoques.

Hasta en los días más cálidos (raro que se superen aquí los 25 grados) la chimenea humea y la sensación de paz te invade, en estos lugares donde el turismo no lo ocupa todo, como sucede en Potes, pocos kilómetros más abajo.

Bajo la atenta mirada de dos estupendos labradores, observamos el bosque lebaniego. Una periodista viajera lo definiría como "una pincelada azafranada"; otro bloguero, escribe que estos bosques han salido de un cuento de hadas, describiendo lugares cercanos a estos de Caloca y Vendejo poblados de robles enormes y de bellísimos acebos.

Los habitantes del norte de Palencia, sobre todo los ganaderos, cuando suben a revisar los ganados que pastan en el puerto de Pineda, suelen mirar hacia este pueblo desde el ojo de Vistruey, en Casavegas y es por este motivo que algo me empujó a visitarlo el pasado mes de agosto, para dejar constancia de una forma de vida, incluso diferente a la vida de los nuestros. No hablamos de un pueblo viejo, algunos aseguran que es un pueblo de 400 años, pero hay muchos detalles que nos hacen volver la vista: la panera que sobresale por los muros de alguna de sus casas; la larga escalera que nos sube a la iglesia, el potro de herrar, la cantina y un conjunto de casas rurales que invitan a conocer la abnegada vida de sus gentes. Tan dura como hermosa. Tan arriesgada como envidiable; en primavera, como un inmenso mar de verde y en otoño con tonos ocres de una hermosura sin igual.

Aquí los quesucos tienen denominación de origen, y el borono, y los embutidos de venado, sin olvidarnos del cocido lebaniego, plato obligado si llegas a estos lugares de Cantabria.

Dejamos para otro rato el Valle de Cereceda, con pueblos como Bárago, de donde guardo algunos recuerdos juveniles; Cosgaya, ya de camino hacia Espinama y Fuente Dé, una de cuyas pistas nos conduce hacia el collado de Llesba, junto al Puerto de San Glorio, rincones, todos, como salidos de ese cuento de hadas.

@De la sección "La Madeja" en Diario Palentino, 2016.

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