jueves, 22 de noviembre de 2001

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Nadie se preocupó tanto como ahora de la nieve y sus circunstancias. Nunca como ahora se sopesó el aislamiento. Si contabas que en tu pueblo la gente, aprovechando los inmensos neveros, tocaban los tejados, estabas alucinando; eras un soñador, cuando no un loco. Ahora sí que alucino yo con la nueva ola de periodistas que describen impresionados una incomunicación de dos jornadas. En mi tierra hubo pueblos que vivieron quince días sin ver asfalto. Quince días a oscuras, sin luz y sin teléfono, buscando a tientas los caminos que se fueron creando a fuerza de muchas pisadas lentas y repetidas. A mí me gustaría que cayera una nevada de cinco metros por igual en muchos lugares, no sólo porque la nieve es buena, sino por satisfacer una curiosidad que tengo. Aunque ahora mismo tampoco tendría sentido la experiencia. Llegarían máquinas de todas partes.

Y todos hablarían por los codos de ello.

De la seccion del autor para la prensa: "Impresiones".
Imagen: Rosario Yukatán desde Valberzoso
Imagen: Vecinos de los pueblos de Palencia y Liébana abriendo la carretera a Pala, en el libro del autor: "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería", Edit, Aruz, 2ªedicc Julio de 2009


miércoles, 31 de octubre de 2001

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Existieron emigrantes que, después de hacer fortuna, pensaron en su pueblo. Es el caso de Francisco Buedo, natural de Tremaya, que emigró a Argentina a finales del siglo XIX. Francisco mandó construir la Casa de la Escuela, el Puente y el Cementerio.
A principios del siglo XX se lleva a sus sobrinos y otras gentes de la comarca a aquel país, que prosperaron económicamente (regentando allí la Banca Buedo): Ceferino, César, Constantino, David, Vicente, Moisés, Cristina...
Algunos regresaron y se llevaron a otras gentes del pueblo: Esther, hermana de Ninfa; Eugenia, hermana de Abilio; Florencia, hermana de Gregorio Gaitón; Andrés, hijo del guardamontes de Tremaya; María, una muchacha de Celada que falleció en la travesía...
Pero nadie volvió los ojos como él a su lugar de nacimiento. Ahora, las posibilidades de hacer fortuna fuera están mermadas y parecen muy mermadas también las ganas de hacer algo, lo que sea, aunque sólo implique esfuerzo personal, por el lugar de nacimiento.

martes, 30 de octubre de 2001

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Interrumpo y valoro un correo, que mi amigo Luis Guzmán envía al misionero José Luis Estalayo, que me saluda desde México.
José Luis nació en Tremaya, pueblo en el que recayó nuestro mentor allá por el año 1943.
Cuando Luis ejercía como maestro en la escuela de San Felices, cuenta que, acompañado por Clementino, el hijo del maestro de Herreruela, llegaba hasta Celada, subían por Valsemana hasta la Espina para caer así por gran pendiente sobre Tremaya. En ese cúmulo de recuerdos, Luis se detiene en la cantina, en la pradera donde se hacía el baile, en las eras donde se jugaba a las cartas y se adquirían pipas y almendras garrapiñadas.
Luis recuerda también a la abundante mocedad de los pueblos inmediatos. Mi amigo y maestro nunca deja de asombrarme, porque tiene tantos recuerdos que sería justo acudir a él para conocer muchas de las historias que los propios lugareños olvidaron.




miércoles, 10 de octubre de 2001

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Parece que hemos asumido bien la idea. Se trataba de engrasar todos los goznes que tuvieran algo que ver con el turismo. La Montaña Palentina, poco a poco, se ha llenado de casas rurales y de museos donde se recupera la memoria de nuestro más reciente pasado. Pero la losa de la emigración sigue pesando mucho. No hay gente para vivirla y los veranos son muy cortos. Por más que las empresas que lo explotan o lo administran se esfuercen en publicitarlo cada año, las perspectivas no son nada halagüeñas. Antes adolecíamos de infraestructuras. Ahora estamos equipados, pero la gente, a excepción de los puentes y las vacaciones, llega con cuentagotas, lo que viene a recordarnos una vez más que seguimos muy lejos de Palencia y que, si no lo complementamos con algo más, a la vuelta de unos años muchos pueblos se quedarán vacíos.

Imagen: Cueva de los franceses


jueves, 4 de octubre de 2001

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Un servidor, que vive lejos de su tierra, mira la noticia del diario y se frota los ojos. Esto es una inocentada del redactor de turno, piensa él, que ha visto con sus ojos la colegiata de su pueblo.Palabra que lo cierro y vuelvo a las cartas de los lectores que, un día tras otro, se quejan por los olores de los cerdos, sin que nadie, a excepción de quienes seguimos la noticia, vuelva sus ojos hacia ellos.Palabra que me rebelo contra estos políticos que todo lo convierten en material de cambio. El señor Armisén ha dicho en el Parlamento regional que «existen unos criterios de prioridad». Allí están a la espera de que se caigan las campanas que faltan, o la espadaña, y que el agua se meta por los muros. Este tío, y todos los que están "cuidando la región", tiene una lista de preferencias en la que no estamos apuntados. Hemos hecho un cultivo de su "criterio" y vemos una enfermedad vieja y terrible: el olvido.
Cuídense mucho. Se contagia.

miércoles, 26 de septiembre de 2001

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San Salvador de Cantamuga, un pueblo que es cabeza de partido, centro neurálgico de muchos pueblos que sobreviven a caballo entre las dos regiones, presenta desde hace varios años un aspecto descuidado, unas calles desastrosas, sin asfaltar; una plaza, junto a un rollo histórico, tercermundista; un ayuntamiento nuevo en desuso, cuando podría albergar una casa de cultura, una biblioteca, una consulta médica ... ; el desperdicio de un bien tan escaso como el agua, por una acometida incorrecta y, su joya más preciada, la colegiata del siglo XII, monumento nacional, cayéndose a pedazos. Sinceramente: no me motiva nada la promoción que de mi pueblo se haga, sabiendo como sé el lamentable estado de las cosas. Culpables: las autoridades, con la complicidad de un pueblo que no se ha lanzado ya a la calle para buscar una sálida al estado de abandono en el que están sumidos todos.

martes, 20 de febrero de 2001

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Yo insisto en recordar a mis paisanos y amigos la lectura reposada de “Las tradiciones etiológicas palentinas” (Núm. 32 de la Institución Tello Téllez de Meneses, 1972), donde se recoge con minuciosidad la historia de esta tierra, por qué tras determinada sentencia vino un pleito, a qué motivos se deben ciertos nombres, qué explicación puede darse a la fuentecilla que, en el lugar conocido como “las peñas del moro”, en el centro de la vinajera chica, viene mnando desde hace siglos, al revés de las otras, de arriba abajo, cayendo el agua gota a gota en una pila donde no se aprecia desagüe alguno y donde no se derrama nunca el agua. Misterios que Matías nos dejó en verso y que algún día explicará la metafísica.

Los caminos, las costumbres, los frutos... Datos que muestran en una sucesiva e interminable cascada de topónimos el auge y el declive de estos condados, lugares donde, hoy más que nunca, los animales respiran a sus anchas.

Dichas lecturas se publicaron por primera vez en el año 1871, las dos primeras en hojas sueltas, en Vitoria, y la última en Madrid acompañada de un apéndice. Inicialmente se basaron en simples noticias populares, noticias que con posterioridad se fueron ampliando con notas de escritores fidedignos, costumbres y descripción de sitios. Acudo a esta cita porque aquellas lecturas motivaron la semblanza sobre Matías Barrio y Mier ya concluída, aunque a falta de varias correciones y la introducción de algunos datos nuevos que me propongo culminar en breve.

Seguramente, si nos remontásemos más atrás en el tiempo, hallaríamos pasajes y lecturas donde se hace referencia al animal. “Al gavilán, al caballo y al hombre, los doma el tiempo” –dice el refranero. “Rocín de halconero, flaco y macilento”. Otros refranes antiguos describen bienes y productos de nuestra tierra: “En siete cosas se aventaja a todos el suelo hispano: aves e cetrería, caballos, toros, ovejas, vinos, aceites y granos”. Este claro exponente lo encontramos también en algunos romances, como el de “San Antonio y los pajaritos”, al parecer, inspirado en los milagros de santos que tanto proliferan en europa durante la Edad Media. De la antigüedad descuellan sin cesar creencias que convierten al lobo en amuleto. Plinio el Viejo aconsejaba frotar las encías del niño con un diente de lobo para aliviar su dolor. Y en Asturias, las mujeres tenían la creencia de que un diente de lobo protegía contra la inflamación de la mama, lo que allí se conocía como “el mal del monte”.

Leyendo el romance de “La loba parda”, que a primeros de la década de los ochenta recitaba el vecino de Osorno, Emiliano Melendro a Joaquin Díaz, me vienen a la memoria algunas historias que me contaron más arriba. Al tío Antonio le mataron los lobos un burro en la Vega de Arriba. “Déjale que se joda –decía–, que así aprende para otra vez”: Mis padres me contaron hace poco que en Olleros una yegua nunca llegaba a casa. Le salían al encuentro los lobos y al animal le servíade parapeto un gran espino. Cansado el dueño de su desobediencia, ignorando que aquel matorro era su vida, lo cortó y una noche la comieron los lobos.

Estos años de atrás, los pastores transhumantes culparon a los lobos de haberles matado cien ovejas en la Sierra de Brañosera y Faustino Varona contaba en una de sus últimas crónicas desde Valderredible, cómo se organizaron batidas en octubre abarcando toda la Sierra Salvada sin haber logrado los vecinos objetivo alguno. Dice nuestro cronista que el pastor de Lantero fue muy explícito al respecto: “sin rezar no cazamos al lobo”.

El tío Basilio, de Areños, suegro de mi padrino, que hacía portes de patatas para Potes y Asturias con una furgoneta que le costó cuarenta y ocho euros (lo perdió todo durante la guerra estableciéndose en Liébana), le tomaba el pelo a Bernardino, ganadero del mismo pueblo: “lobos que andáis por el monte con la boca abría y el rabo escondío, coméile las cabras al tío Bernardino”. Y un día se las comieron.

jueves, 1 de febrero de 2001

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Hace muchos años que los montañeses polemizan sobre el papel del animal. Cuentan que un tocayo mío, de Valdeprado, mató 14 osos cuando los osos abundaban tanto como los jabalíes o los corzos. Y es curioso que, los animales, bellas criaturas, aunque a veces dañinos y feroces, sigan formando parte importante de las tertulias.


Cada lado siente de manera distinta la actuación de los hombres que se encuentran con él. Así, un vecino de Verdeña, precioso rincón donde los defensores de este animal levantan un museo para rendirle culto, me contaba con la mayor naturalidad del mundo su encuentro con el plantígrado: “El oso venía de frente. Yo me salí ligeramente del sendero y él siguió caminando”.

Ignoro si los osos, como las personas, tienen días buenos y malos, y no sabemos si el hombre lo soñó o será cierto que hay osos tan dulces que te lanzan un guiño y hombres tan drescreídos que le meten al animal dos tiros.

Una cervecería de Barruelo, que abrió en la última década del pasado siglo, mostraba en su fachada una talla en madera de una osa y su osezno, realizados por Ursi, el escultor nacido en aquel valle. Pero no sólo en la montaña se ha descrito o se ha pensado en el oso como razón para un arbitrio. Miguel Delibes de Castro propuso alternativas en Palencia para respetar su habitat, idea que rubricó también Francisco Jambrina, consejero entonces de Medio Ambiente. Hasta Mariano del Mazo, conocido y admirado periodista, le dedicó una de sus columnas. Tampoco se quedaron atrás los grupos ecologistas que en nuestra provincia dieron con la llave para frenar el embalse de Vidrieros y en la provincia vecina consiguieron abortar varios proyectos en la Sierra de Hijar.

Las situaciones son diferentes para cada uno y cada uno las juzgará conforme a una serie de parámetros que se balancean en una cuerda, en cuyos extremos, supuestamente, deliberan lugareños y forasteros sobre las posturas más correctas para abordar el asunto.

Yo pasé muchas horas en casa de Pepe, que vivía a las afueras de Polentinos. El hombre, mientras buscaba con el mayor disimulo todo el aire posible para sus pulmones rotos de picar en las minas del contorno, me contaba las veces que el oso había llegado hasta su puerta y había saqueado sus colmenas.

A otros ganaderos oí decir que había matado a sus novillos o a us potros. En Mayo de 1977, “El Caso” contaba que un oso había penetrado en el redil de un vecino de San Martín de los Herreros y habían muerto axfisiados 16 ovejas y 58 corderos. También es cierto que otros le acusaban sin verlo, seguros de su olfato, guiados por las que parecían ser sus huellas, en cierta manera ufanos de ser durante algunos días los protagonistas de las charlas mientras echaban un tute en la cantina.

Seguramente, por todas las historias que ahora se descomponen, vuelvan un día a ponerse de moda los relatos donde el montañés va mezclando con tino las causas y los hechos. Basta para ello conocer en profundad las veredas, retomar las narraciones de los mayores que nos contaron sus vivencias; añadirle, como no, un poquito de salsa, una pizca de humor, y una generosa mano de ficción, lo que volverá a dejarnos a las puertas de la incertidumbre. ¿Quién obró bien? ¿Qué motivos tuvo el cazador para descerrajarle un tiro? ¿Por qué el oso (además de una raza en peligro de extinción), se ha convertido en un animal sagrado, casi un ídolo?

A mí lo único que me sabe mal, lo que no entiendo ni compartiré nunca es que un bicho se convierta en la primera causa. Es más, incluso para aquellos que nunca compartirán conmigo este lamento, sea el animal la única causa a tener en consideración. Hay un lema que me parece, en cambio, idóneo y prioritario (lo que abordaremos en una próxima entrega): “Quédate a vivir”.

Sabes que el oso anda por las montañas, te alegras, lo celebras, procuras apartarte del camino para que muestre su poder, te inventas un encuentro con él para distraer a tus compañeros de partida e, incluso, se te permite acusarle de robar miel o matar a un novillo que se alejó de la manada. El oso es una razón que los montañeses han de considerar, nunca anteponer como hacen otros.

Cuando al hombre se le tienda la mano y lleguen las ayudas prometidas para la zona norte, entonces será el momento de hablar del oso pardo.


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