CERVERA, POLENTINOS, PERNÍA Y CASTILLERÍA, Froilán de Lózar (3ª Edición)

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27 de marzo de 2012

La montaña palentina y España



Hay un libro que merece la pena ser tenido en cuenta por todos aquellos que arrivan por primera vez a nuestros lares. "Palencia Stop, de Antonio Álamo Salazar, cronista oficial que fuera de Palencia. A la entrada de ese mismo libro se cita una frase de Alcediano de Alcor: "Palencia, entre historiadores y cosmógrafos es tenida por muy noble y antigua, de quien muchos autores hacen memoria".

He tenido la suerte de visitar Barcelona. Iba de camino hacia Italia y andaba con el tiempo contado para ver y admirar tanto contraste y tanta maravilla como ofrece esta ciudad mediterránea. Vi la Sagrada Familia, de "Gaudi", y quedé impresionado.

Me gusta Santander. He llegado a Cantabria por todos los caminos; no en vano, Piedrasluengas -como atrás queda dicho- es una via importante de paso que nos mete de lleno por Polaciones hacia "La Laguna" (buena matanza en las Ventas del camino, bonita la yegüada de Pisueña...); y de otro lado, Liébana, bella tierra que conozco y que amo porque la he vivido en sus paisajes y en sus fiestas.

Qué voy a decir de A Coruña; España, querido lector, tú ya lo sabes, es una fuente inagotable de belleza. Muchas veces, en dos años, "troté por la calle de los vinos. Muchas anduve por la Plaza de María Pita; otros días los pasábamos en una tasca pequeña, camino del Faro, donde un hombre provisto de mandiles preparaba "queimada" y, después, hecho el silencio, apoyado en un bastón extraño, recitaba unos versos que, en alguna parte, no sé por qué motivo, nombraban a Palencia.

Estuve en Don Benito (Badajoz) una semana. Tocando casi Andalucía (un viaje que tengo prometido y que hasta la fecha, por unas u otras razones, no he podido cunplir). En Don Benito tuve la suerte de asistir a una boda, acompañado por dos buenos amigos: Esteban y Francisco de Celis, el cura que les casó. De todas formas, ¡pobres novios!; creo que aquella noche no encontraron acomodo ni descanso. Curiosos y solteros merodeaban por el lugar tratando de impedir que avanzara la noche, cuando menos, que se detuviera en algún punto, con ese encanto que requieren las emociones fuertes del primer día de casados.

La última vez que vi algo parecido en nuestra montaña, fue en Polentinos. En este pueblo, hace ya algunos años, los mozos eran muy rigurosos con todos los forasteros que venían a pretender. Las mozas, primero, para las del pueblo. Sin duda, parecía buena fórmula para que los pueblos no se desperdigaran por España, bien digo, porque España está llena de palentinos, a veces tan ilustres como Virgilio Zapatero, Guzmán Rubio o Claudio Prieto.

Pero dejemos eso para otro día y prosigamos viaje.

En la montaña palentina se habla del condado de Fernán González. Ramiro II, un guerrero muy avispado del reino astur-leonés, sofocó una rebelión de nuestro conde y le mandó encarcelar. Dicen que unos años después le dejó en libertad y se lo devolvió todo: iglesias, catedrales, sepulcros, conventos...

En León tuve tiempo para admirarlo todo. Desde la catedral a la Virgen del Camino, sin olvidar el convento de San Marcos. Otro tanto diré de Ávila; nevaba en aquel patio donde jugó Santa Teresa de Jesús. Buenas palabras que dedicó a Palencia: "... mas toda la gente de Palencia es de la mejor masa y nobleza que yo he visto". De todo ésto sabía mucho nuestro gran poeta Antonio Álamo. En fin, sería muy largo de detallar aquí las impresiones recibidas en cada una de las ciudades por las que he pasado: Salamanca, Segovia, Zaragoza, Pontevedra, Cáceres, Valladolid y Madrid, estas dos últimas donde pasé seis largos años de mi vida; primero, entre las nieblas de Laguna de Duero y Portillo; el último en Madrid, con la muerte de Franco.

De mi paso por ellas tengo recuerdos gratos. Del primer agobio en tierra extraña, lejos del cariño de tus padres; de la primera morriña de una cárcel de pueblo -pongamos por caso- en Valladolid, a una libertad sin límites en la Capital de España. Sí, porque, cuando se ha vivido en un regimen severo como el que a nosotros nos tocó en Valladolid, sujetos a castigos que, al recordarlos hoy me da dolor; metidos de lleno en una vida sin buscarle sentido a nuestra vocación...; cuando, de la noche a la mañana, en otro lugar con el mismo vínculo, encuentras un camino de rosas o, por lo menos, un camino sin vigilantes obsesivos, entonces sientes eso que llaman libertad. No obstante, incluso en las pautas educativas más estrictas, en los regímenes más autoritarios, hay cosas agradables que recuerdas con gozo. Y, al final, cuando miras atrás, no te detienes en aquellas disciplinas tan dispares, vas más lejos, te encuentras con un nuevo paisaje, con los viejos camaradas , con aquel padre cojo que nos buscaba con panfletos. Son capítulos amargos, donde buscas lo mejor para llevarlo a este libro y meterlo en la casa de ustedes, que tantas y tan bellas experiencias podrían contarme.

Soy un viajero sin escrúpulos que va donde le mandan, que no exige cuidados especiales, que se conforma con un poco de cada cosa, que no tiene pasiones desmedidas, que casi todo le agrada y le conmueve. Bilbao es otra historia. Del País Vasco sólo me ha mermado en otro tiempo tanta muerte, me he sentido mal por tanto grito como brotó infecundo; menos mal que el Arte, -como dijera en Pernía el poeta leonés Isidoro Álvarez- une los pensamientos más dispares, los radicalismos más absurdos.

Por encima de todos esos artistas que las viven y las describen a diario, por encima de todas esas técnicas que nos delumbran, luce la belleza de la montaña palentina; con sus errores, con sus enigmas, a un paso de la muerte, desnutridos, con un grito de paz almibarado en las grutas de sus montes, entre el hielo y la sequía, abiertas de par en par las puertas de cristianos reñidos con la tierra, perdidas las voces juveniles, cansados los ancianos de ser viejos; a veces, metidas entre el bosque sus casitas, como nota de cuentos.

Confieso que he nacido como soy por la montaña y a ella le debo todo lo que tengo.

He visitado muchos lugares de España, la venero, guardo sus cosas en mi armario interior, pero mi razón, las experiencias que me han endurecido, están en la montaña palentina.

La llevo dentro a todas partes, la reproduzco y la comparo. "No hay nada igual, me digo, y ya lo siento por Madrid, que es la capital de España, y por Barcelona, tan saturada de lo que aquí nos falta. Y ya lo siento por el mar, por las llanuras que nos tocan, por esos lugares tan hermosos a los que no he llegado; ya lo siento por todo y por todos, pero ella siempre viajará en esa cajón de la memoria, vaya donde vaya, viva donque quiera que viva.

Ella primero, y luego, sin más orden que aquél que establezca el tiempo, el dinero y el momento, cualquier punto de España.

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6 de marzo de 2012

La montaña palentina y su entorno

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Si escribiera cien veces, cien contornos plasmaría en el papel. Y los cien diferentes unos de otros. Y los cien nuestros. Y no porque me canse de nombrar la belleza y la importancia del paso de "Piedrasluengas", sino, porque no tengo la capacidad de retención que tienen otros; puedo inventar cien nombres, pero si me mandaran repetir inventaría otros cien. Habré subido cincuenta veces a la sierra. Siendo un muchacho todavía, he arreado ovejas desde el pueblo de Várago, por encima de Potes, tierras holladas por los "maquis", por los "Juanines" y "Bedoyas" en una guerra civil a la que siempre quitan años.

Aquellas cuestas eran tan empinadas que, cuando enfilabas las cañadas de Dobres, tenías la impresión de estar jugando a los barcos con las nubes. Después, en "Cortes", los vaqueros de mi pueblo con el chorizo al fuego y la tortilla de patatas entre el pan, se te quitaban los deseos de proseguir el viaje; te relamías de gusto, como un niño viendo comer el caramelo a otro; querías tener edad para ser como ellos y dormir al aire de la sierra, cerca de aquellos hondos valles, donde el eco repetía las canciones montañesas de los mozones que cantaban para aplacar el frío y los recuerdos. ¡Cómo sabía allí el pan y el vino y la sinceridad a expensas del puchero a la lumbre!

Pero tenias que andar. Eras un muchacho, un "mandado", y cumplías, ¡vaya que si cumplías!, por vocación, porque naciste sima como el mismo Pisuerga, y te amarraste al polvo del camino sin buscarle ceremonias de lujo a la libertad.

En el confín, siempre las atalayas. Ya fueras camino de la Abadía de Lebanza, ya subieras al Cueto de Herreruela, ya te montaras a horcajadas por las altas cimas de Brañosera, siempre el mismos espectáculo a la vista: "El Peñalabra" -dicen, la mesa de los cántabros, -digo, el corredor de los palentinos; como un pinacho sin final para los habitantes de "Polaciones", igual que un faro para Liébana, pero, insisto, un celoso guardián para Palencia. ¿De quién es la montaña? Del mundo; a lo sumo, de los de Piedrasluengas, un pueblo que duerme por debajo del collado que da vista a los Picos de Europa.

Por encima de "Los Redondos", a un lado de esta colosal obra, se divisa "Tres Mares", más alto que "La Horca", de Lores, por donde ahora pasa mi caballo y más que Peñalabra y el Carazo, éste último, allá por donde alumbra ya Fuentes Carrionas, otro universo frente al nuestro, lleno por igual de asombrosos rincones, donde se alzan como ceremoniosos visitantes el "Espigüete" y el "Curavacas"; tierra de todos, tierra de nadie, cortoneada a gusto de cada visitante.

Unos dicen que Cervera de Pisuerga, el otro enlace poderoso, es la capital de Pernía; que Herreruela, Celada de Roblecedo, Estalaya y Verdeña son hermanas carnales; que Ruesga, Gramedo y Rebanal respiran nuestro aire...; otros, incluso, van más lejos, dicen que somos cántabros de origen, por aquello del uso frecuente de la "u" al final de las palabras. (1) Nos disputan, nos celebran, van y vienen con indudable gozo, se entretienen buscando hermosos peces a la orilla de nuestros arroyuelos, tropiezan con los corzos y un año tras otro nos enseñan y aprenden.

Describir el contorno de Pernía nos llevaría cuatro líneas, pero la montaña no se detiene aquí.

Para el viajero que llega de La Ojeda, cansado de ver centeno, buena gente también aquella gente, el alto del Ballegón es un océano: allá al fondo, entre pequeñas brumas, el confín de Palencia; por la collada San Salvador asoma la cabeza, y por debajo, a unos metros del mirador natural, el Vañes nuevo. (Dejad, que ya hablaremos largo y tendido de los pantanos más adelante). Siempre le sorprenden a uno las grandezas de estos pequeños pueblos. Vañes tuvo una época de esplendor para Cuberos y Toneleros que servían contenedores váquicos a muchas regiones españolas. (2)

No hay manera de buscarle un asiento definitivo a la comarca. Sabemos donde está enclavado cada pueblo, los riachuelos que atraviesan por ellos, las chimeneas que humean cuando amanece, las leyendas, los picos o las peñas desafiantes que te observan, pero no podemos ponerle un mojón y cantar victorias al final de la guerra, porque, ni hay guerra, ni la tierra se divide, ni el agua puede retenerse, ni los montes se meten por capricho en la esplanada.

Todo tiene su explicación: la tierra está ahí, se la ama, la defendemos con vehemencia, aportamos un conjunto de frutos que la embellecen, que posibilitan su vida en ella.

Verdeña, inspira, tiene un contorno mágico; Tremaya, enerva, donde parece terminar el viaje, empieza; Estalaya te eleva a las alturas, Lebanza te enamora, Camsobres te encanta, te atrae Triollo y Vidrieros te reserva una sorpresa.

En este oficio todo está permitido y voy a dar un salto triple. De Cervera a Aguilar de Campoo todo está escrito: en prosa, en verso, en antiguo, en moderno, de mil maneras que cumplen bien el objetivo.

Puertas grandes, sin olvidar a Guardo y a Velilla, que misteriosas se abren; remozadas colegiatas y Casas Culturales; Columnatas por paseos, pequeñas tascas a la vera del río, complejos hoteleros y aroma de galletas; en fin, vamos del blanco al negro, de la harina al carbón. Y es curioso, en Aguilar de Campoo las galletas; en Guardo, la térmica, y en Cervera y Pernía, las dos al mismo tiempo: "Los socorritos" y la mina.

Todo lo iremos desentrañando en los próximos capítulos. Y quedará mucho por decir. Y habrá cosas que no se digan como el mundo las ve, sino como las ve el alma del poeta.

Yo tengo una sospecha: nuestra tierra tiene un don poderoso. Decía Francisco Bacon: "Las sospechas son, entre los pensamientos, lo que los murciélagos entre los pájaros: sólo vuelan al crepúsculo".

Dejadme que lleve una sospecha y que vuele día y noche.

Alguna vez los pensamientos toman tierra y escriben los contornos que de verdad quisiéramos para esta bella tierra.
_________

(1).- Jatu, sal de esi matorru que te avientu un cantu...
(2).-Vañes, del libro III de "La Montaña Palentina", de Gonzalo Alcalde Crespo

Artículo extraído de su primer libro: Viaje a Través de la Montaña, 1989

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13 de julio de 1989

la montaña palentina y el duelo

A propósito de la última muerte de un minero.
Escribió Ortega y Gasset: "La civilización del siglo XIX es de índole tal que permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado, del cual percibe solo la superabundancia de medios, pero no las angustias".


 
Sabemos que existen dificultades a nuestro alrededor, nosotros mismos las tenemos, y no han de ser necesariamente materiales: las hay culturales, de adaptación, sanitarias... Creíamos que disponer de medios era la razón fundamental para perder el miedo a todo lo demás, y nos hemos equiparado en base a las mejores tierras, a los mejores inversores, sin importar esos anuncios que tanto hablan de crisis. Y bien, hemos conseguido anular en buena medida las angustias. Cada uno que tire de las suyas. Esa es la mayor barrera, que no tiemble ante las angustias de los demás.

La vida está llena de duelos, a cada cual mayores, pero cada persona rumia el suyo y, si acaso, una vez encumbrado, bien surtido de todo, entre tanto movimiento, justifica el paulatino deterioro de su entorno.

Aquí los duelos, ¿sabéis?, continúan. En esta tierra a los muertos se les arregla bien, más que a los vivos, más que a los viejos, más que a los niños. Aunque dice una de las rimas de Gustavo Adolfo Becquer, amigo de nuestro gran pintor Casado del Alisal:

¡Díos mío, qué solos
se quedan los muertos!

Y es verdad. Pero la soledad qué mala es para los que permanecen, para quienes viven sometidos a un duelo permanente.

Nadie se va para siempre. Pasamos, hacemos caminos, dejamos rescoldos, y antes o después seguiremos doliendo a quienes se nos van, en apariencia, sin motivo, y seguiremos esperando que se vayan los que a nuestro juicio ya han cumplido, ya están listos, son muertos/vivos ambulantes por una ley natural que nos hemos creado.

Al muerto se le viste por última vez; amortajadores de paso, amigos del café, en presencia de la esposa que ya no tiene lágrimas. Le colocan uno de aquellos trajes arinconados en el armario, sin usar desde la última ceremonia: el bautizo del hijo de una sobrina, la boda de un hermano, el funeral de una cuñada que murió de infarto... No le preguntan nada, ¿para qué? El cadáver va de unos brazos a otros sin nudos que desatar en la garganta; de vez en cuando, se percibe algún leve vahído en personas que se han visto envueltas en el acto tan desagradable de imponerle a aquel hermano ausente un traje de rayas que siempre rechazó.

La cocina se va llenando de gente.

Rostros silenciosos que tratan de buscar un momento de concentración para musitar un padrenuestro. Todo en vano. Una mujer entra gritando, clama justicia al cielo. "¿Por qué él"?

Esta es la tía de Barcelona -dice alguien en voz alta, cuando la dolorosa dama sube las escaleras buscando el cuerpo inerte, para ver si es verdad.

Ya sabe ella que es verdad, pero los humanos tardamos mucho en aceptar las verdades que hablan del dolor, parece un sueño amargo, no alcanza fundamento la noticia. ¿Antonio muerto? No puede ser verdad. ¡Pero si estaba en la flor de la vida! ¡Pero si estuve hablando hace unos días con él!

Una vecina llega con un manojo de troncos. Pone los ramos más delgados debajo, mete un papel y prende fuego. ¡Aquello es otra cosa! Aquí las noches de duelo son muy largas y los vivos, aunque incrédulos, tienen los pies helados.

Ha entrado un hijo del finado, el que estudiaba en Valladolid. ¡Y que deben juntarse para esto las familias! La madre estalla en sollozos: ¡Hijo mío, qué gorda ha sido! ¡Ya nos quedamos solos!

El hijo no dice nada. Viene cansado de tanto tren. Se humedecen sus ojos, trata de esbozar una palabra de ánimo y carraspea al sentirse observado por aquellos rostros familiares. Si vivieran en la ciudad estarían solos y podría llorar sin que nadie le compadeciera. ¡Qué angustioso era todo!

Allí no respiraba nadie. Había cuarenta ojos pendientes de ellos. Ya han bajado a su padre, le han metido en una pequeña sala que hacía de comedor en el verano. Varios vecinos han pedido permiso para verle. Quieren que se abra la tapa. Ya está abierta. Este muerto no es igual que los otros. Los otros tienen blanca la cara. Este la tiene amoratada y la lengua le sale muy afuera. Le han cubierto la cabeza con un trapo para que no se vea la herida. Las manos una en otra, sobre el vientre. A dos o tres personas aquella imagen comienza a darles náuseas. Ayer estuve con él -comenta el Rubio, su compañero de partida. Acacio, su compañero de tajo, allá en el pozo cuarto de una mina perdida en la montaña, intenta explicarlo. "Yo estuve a su lado hoy mismo, a las doce de la mañana. Oí un ruído, voví la cabeza y vi como la tierra se nos echaba encima, Me tiré de cabeza por un pequeño hueco que daba a la galería..."

Los presentes asisten pasmados al relato. Aquí, en estas tierras, yas les han contado muchas veces sucesos parecidos, pero la vida sigue y las minas también, y los relatos no se acaban. En la sala, con el corazón apagado del difunto, brotan los primeros misterios del rosario. Otra vecina ofrece un poco de café. La cocina se ha llenado de humo, alguien ha metido un travesero encima de las brasas. Algunas risas se suceden. Hay comentarios jocosos que intenta apagar ese dolor reciente. Alguien recuerda el motivo por el que están allí reunidos y pide un poco de respeto.

Ha llegado Isabel, la hija más pequeña. A esta la engañaron las monjas de Palencia. Le dijeron que su padre estaba enfermo. Cuando llegó al pueblo era de noche, pero no se le escapó aquel ambiente tenso que reinaba. Había más luces que de costumbre, y la gente, mucha gente iba camino de su casa, hacia el monte, hacia la soledad, camino del duelo, y ella tan joven, con una mentira piadosa entre los dientes, sintiéndose presa fácil de tantos ojos, compadecida por otros que lo sufrieron antes, con su paso macilento, anunciando presagios a todos aquellos rostros que mañana volverían a su función , olvidando el vacío tan inmenso de aquel hogar, a las afueras de un pueblo montañés, que lo mismo te coloca en la gloria, que te anega de luto, que igual te eleva que te hunde... Un pueblo que para tí, niña temprana en el dolor que eres, habrá perdido buena parte de aquel encanto que tenía, cuando llegabas con tus risas y tu padre, el elegido esta noche para el cielo, salía a la puerta a recibirte con los brazos abiertos.

Para tí y para muchos otros, la montaña está de luto permanente.


@Del libro "Viaje a través de la montaña", Froilán de Lózar, Julio de 1989


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Orígenes Montaña Palentina

El autor

Froilán de Lózar. Publicista-Escritor.

Premio de periodismo Ciudad de Palencia; II Premio Internacional de Poesía "Diego de Losada" (Zamora); Premio Nacional de Novela Corta "La Tribuna de Castilla (Valladolid); Finalista Premio de Novela Bubok-Lengua de Trapo, 2016.

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