CERVERA, POLENTINOS, PERNÍA Y CASTILLERÍA, Froilán de Lózar (3ª Edición)

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18 de enero de 2013

El cielo abierto que no cesa


El día 9 de enero, el corresponsal de este diario en Guardo, cita la disculpa esgrimida por el alcalde de la localidad para justificar la explotación a "cielo abierto" que Uminsa, la misma empresa que estudia la clausura de todas las minas de interior en nuestra comunidad, llevaría a cabo en el término de Muñeca de la Peña. 

El descontento de los empresarios viene motivado por el inconcluso Plan del Carbón y la existencia de un tratado que garantice la venta del mineral a las térmicas.

Pero no tiene sentido el cierre por un lado de la explotación clásica y la carrera desbocada por "descuartizar" los montes -permítanme el término- cuando estamos hablando del mismo producto. 
  • ¿O reúne características especiales el carbón que se extrae a cielo abierto?
  • ¿Por qué los jueces otorgan, ocho años después, el permiso para la extracción de carbón por ese método en esta pedanía de Guardo, cuando todos saben, hasta quienes se benefician con ello, los escasos puestos de trabajo que genera y el daño que hace?
  • ¿Por qué los Ayuntamientos no se niegan tajantemente a dejar la tierra en manos de estos especuladores? 
Ya en 2004 Uminsa solicitó una ampliación de suelo, a lo que se negó el Ayuntamiento, recurriendo entonces la sociedad minera a la Junta de Consejeros de la Administración Regional de la que obtuvo, a saber bajo qué artimañas o corruptelas, el correspondiente beneplácito.

El Tribunal de Justicia, no sé si por razonamiento propio o o por el rapapolvos de la Comisión Europea, ya ha declarado que varias minas, tal vez la mayoría de explotaciones a cielo abierto, no respetan la protección debida a los lugares de interés comunitario.

Aquí se vende todo el mundo. Se venden los pueblos, se venden los alcaldes, se venden los parlamentarios, quienes vienen pregonando cada cuatro años la importancia de cuidar estar tierra. 
El responsable del Gobierno leonés vaticina que en 2018 habrá empresas del carbón competitivas, que la minería es imprescindible, que hay una gran dependencia del carbón en el exterior... Pero coño, aclárense de una vez, ¿es rentable o no es rentable? Y en cualquier caso, que no lo sea a cualquier precio.

Imagen: Mina de carbón a cielo abierto en Estecuel (Teruel). Imagen tomada del caché de una página que ya no existe.
@Sección del autor "La Madeja", en "Diario Palentino" y "Globedia".

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16 de marzo de 2012

El pulso de la subvención



A últimos del pasado año, nuestros parlamentarios viajaron a Bruselas para defender ante la presidencia polaca las ayudas al sector de la minería en España.
¿Es rentable el carbón?¿Por qué necesita ayudas si es rentable?


Esas son las dos preguntas que todo el mundo se hace.
El sector de la minería da trabajo a cien mil personas en Europa y ha recibido más de 9000 millones de euros de subvención.
Esto me recuerda, aunque sea un simil distante del asunto, a esos miles de autónomos y empresarios que siguen endeudándose año tras año, sin ayudas de nadie, para mantener a flote un "negocio" familiar que hace aguas por todas partes.
Ahora se tiende a globalizarlo todo, pero ante la grave situación que se nos ha planteado, más grave cada día que pasa, y donde las medidas para atajarlo discriminan claramente a los más débiles (echar a unos para contratar a otros a precios de saldo), habrá que sentar las bases de lo que merece o no ser subvencionado.

Porque la situación planteada no la cambiará de la noche a la mañana ningún gobierno nuevo. Es difícil que las ayudas a este sector se posterguen durante mucho tiempo más.
Las minas, que en otro tiempo dieron vida a estos pueblos, que fueron el sustento de muchas familias y comercios, viven estos días sus horas más críticas.
Nada que ver todas las crisis que se sortearon antes. Esta es, con diferencia, la peor. Ni todas las reservas, ni las marchas reivindicativas, ni las medidas medioambientales que se tomen para hacerlo viable, ni todas las promesas y propuestas de los políticos que tratan de alargar su agonía, lograrán detener el final de su historia.

Es conveniente, por lo tanto, buscar alternativas.

Y si la política de las subvenciones ha de postergarse, que los beneficios alcancen a todas las personas, bien en el arreglo de las carreteras que los comunican, bien en los servicios que se demandan para hacerlos viables, con alguna posibilidad de vivirlos, que es, en definitiva, el eco de los gritos que más resuenan en los últimos años.

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24 de septiembre de 2010

Mineros y minas

También buscamos en los libros la compensación de la memoria. Es un premio invisible, pero siempre presente, que nos motiva a hurgar en otras vidas, en otros momentos de la historia, cuando los mineros llenaban calles y cantinas.

 


Y vivías y morías un poco con ellos, con la incertidumbre diaria que se trocaba en angustia primero y luego en duelo permanente para algunas familias, por aquellos maridos y hermanos que a fuerza de arriesgarse fueron "fagocitados" por tajos y tijeras…. como aquellos a los que ´hacía alusión en su cuento "Botuca" mi gran amigo, el barruelano Arturo Pérez. Wifredo Román ha querido llegar con "Mineros y Minas", el último libro de Faustino Narganes, al fondo del asunto, al libro absoluto, un recorrido intenso por la historia del carbón de antracita.

El 13 de Noviembre de 1987, ocho mil mineros protestaban en León por el aumento de los accidentes mortales. En 1989, algunos Grupos mineros reconocen el momento delicado por el que atraviesan y los mineros protestan por la falta de material para realizar el trabajo. El malestar y las protestas continúan en los años siguientes y la incertidumbre vuelve a ser plato único estos días.

El autor no es ajeno al drama que conlleva el cierre de las minas, como el que se da y que yo recuerdo también, a cuatro pasos de su pueblo, cuando un accidente en la mina "San Claudio" obliga a su clausura y ahoga en la desesperación o ochenta familias que de ella dependían.

Esa misma impresión de desamparo es la que ahora manifiestan los mineros palentinos encerrados en una de las últimas explotaciones que el Grupo de Victorino Alonso mantiene activa. Da la impresión de que aquí todo el mundo se lava las manos, no sólo en la minería, también en la Sanidad, también en las carreteras… ¡Alguien vendrá que lo resuelva! Pero nadie llega, o llega tarde, o su voz apenas tiene fuerza para mover a quienes nos gobiernan.

Esto es lo habitual, lo de costumbre. Esto, con sus altibajos, ha sido así siempre.

Y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos.

Diario Palentino, Nueva Época, 2010.

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17 de febrero de 2007

Putísima mina




Las estadísticas te llevan a una valoración aproximada de los hechos y acontecimientos, pero, como en la vida, ni todos eran buenos empresarios, ni todos los buenos empresarios consiguieron salvar siempre los trastos; ni todos eran buenos picadores, ni todos los picadores buenos recibieron la compensación justa a su trabajo. La mina para el minero es una especie de lotería. Algunos echaron mano de sus amistades y se jubilaron temprano con un grado de silicosis que no padecían, dedicándose luego a otros menesteres mientras cobraban una buena paga.


Yo recuerdo a Vidal, el vecino, cada pocos días bajando en busca de oxígeno a Palencia, consumiéndose cada minuto que pasaba, sabiendo que su pulmón estaba muy tocado y consciente de su mala suerte esperando la muerte, la horrible muerte, rodeado por la impotencia y la desolación de su familia. Y qué vida más perra, expirando a unos meses de la jubilación y dejando a su mujer con una pensión de 12000 pts.

Personalmente, desde pequeño, más que el lugar donde se enclavaban las explotaciones, algunas a dos pasos de casa, como Sanfesa, el Pijo, o la Aurora, donde mi abuelo Clementino trabajó como entibador en un tiempo en que los hombres se repartían entre la mina y las faenas del campo; más que el trasiego de camiones por una carretera siempre estrecha y peligrosa (ahora está casi peor, después de tantos y tantos proyectos y dineros como se citan para estas zonas), digo que más de lo que rodeaba a aquel negocio, que era también la causa de un ambiente alegre, pues significaba ingresos y estabilidad económica para el pueblo, pensaba en la berrona, en el pozo, en la jaula; pensaba en la humedad de aquellos lugares, pensaba en frenos y tijeras por las que te adentras en un coladero que puede echarte encima el carbón que te dejará seco para siempre.

Al minero se le ha retratado como a un hombre al que le gustaba en sus ratos de alterne vanagloriarse del rendimiento en su quehacer diario, pero de todo hay en la viña del señor y sería necesario dar sus mismos pasos para valorar con justicia el hecho de colocarse un casco y meterse en un agujero con la incertidumbre de no saber si saldrás vivo. Y a esa incertidumbre van aparejadas las enfermedades como la silicosis que llena de cavernas el pulmón y acaba destruyéndolo.

En un bestiario de internet, un internauta le aconseja a un conocido artista que se queja amargamente de su vida, que se vaya a picar a la “puta mina”. Los artistas Adriana Ozores, Antonio Resines y Emma Penella se fueron a Asturias para rodar una película que hablaba de esto mismo que a mí se me quedó grabado en la retina. Se abre la jaula, una jaula de madera reproducción de la real del pozo que servirá para rodar las escenas de interior, y aparecen un grupo de mineros portando en una camilla el cuerpo del compañero muerto. Sindicalistas, curas de sotana, guajes y un ambiente que la gente de nuestra montaña ya conoce por haberlo pasado en tantas ocasiones.

Los figurantes también lo han vivido de verdad muchas veces y se hace lema el grito de la actriz gijonesa Rosa Merás: “!Que sea l,últimu, por Dios, que sea l,últimu!.”


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10 de febrero de 2007

El descubrimiento del carbón



En alguna ocasión me he referido aquí al minero. Más que al empresario que, en circunstancias difíciles, registró la explotación a veces con nombres tan curiosos como Pedrito, Legalidad o San Patricio, esta última a nombre de Alejandro Gandarias, cuyo título de propiedad figura con el número de expediente 942, con fecha 23 de febrero de 1893.

El académico de la Tello Téllez, Faustino Narganes, natural de Traspeña de la Peña, llevó en su discurso de entrada en abril de 1997, el interesante estudio de los mineros y minas de antracita en la provincia de Palencia.



En Palencia, casi todos han oído hablar alguna vez del auténtico descubridor, el sacerdote de Salcedillo Ciriaco del Río que, cuando regresa del mercado de Aguilar, encontró unas piedras negras y lustrosas en el lugar conocido como “Casablanca”, entre Orbó y Barruelo. Casualmente, el hombre había leído en un diario de Madrid “El Castellano”, un reportaje sobre el carbón. Comenzó entonces a experimentar con las piedras que cogió de muestra hasta que, convencido de la importancia de su hallazgo, fue a comunicárselo a un amigo que tenía en Reinosa llamado Collantes. A cambio de que mantuviera su boca cerrada, el cántabro le obsequió con seis mil reales, cifra que crecería desorbitadamente cuando el avispado negociante se lo vende al Crédito Mobiliario por 700.000. A su vez, aquellos se lo ceden a la empresa minera que dependía del Ferrocarril del Norte por un millón de pesetas, hasta que en 1922 se constituye en S.A. Minas de Barruelo mediante el abono de catorce millones. Curiosa historia que explica con todo detalle otro colaborador de esta casa, José Pérez, en la revista “Pernía” que yo editaba en Bilbao en la década de 1980.

Pero el cura, que fue el auténtico descubridor y el que menos recibió, contento, y estas comarcas un volcán de ilusión, creciendo vertiginosamente. Durante muchos años sólo se vivió por y para la mina. No sé ustedes, pero yo me impresiono todavía cuando abro esta separata que me remitiera el académico por las últimas páginas y leo que en 1845 tenía Santibáñez de la Peña 94 habitantes y en 1900, 3669. Tal fue el crecimiento que en 1930, Santibáñez duplicaba a la población de Guardo. Y otro tanto sucede en San Salvador de Cantamuga que toca techo en 1950 con 836 habitantes, increíble aumento de población motivado por las numerosas explotaciones de carbón que se fueron abriendo.

Tal era el optimismo reinante que a poco de descubrirse el preciado elemento, en 1859, se intenta construir un ferrocarril que pueda abrir al exterior la cuenca carbonífera de La Pernía. El trazado partiría de San Juan de Redondo donde hace poco tiempo cerró Montebismo, la última de las explotaciones, hasta empalmar con la línea de Alar del Rey a Santander. Incluso se piensa en otro ramal que empalme con esta misma línea y que partiría de Camasobres. Ese mismo año, Eugenio García, político de Amusco, y director de la sociedad minera “La Cantábrica”, presenta al Ministerio de Fomento la construcción de otro ferrocarril que uniría Aguilar de Campoo con Vergaño, pasando por Salinas.

La impresión que nos queda es que las cosas han sucedido demasiado deprisa y, por no saber, por ese miedo a perder sin haberlo intentado, hemos perdido la ocasión de obtener beneficios, llámense trenes, llámense carreteras, a cambio de todo ese fulgor que despertamos. Como dice mi paisano Faustino, recurriendo a un adagio latino: “Nada es querido si antes no es conocido”.


Para saber más:
Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería, de Froilán de Lózar, editorial Aruz, 3ªedicc, 2014
Imagen: Gonzalo Alcalde Crespo


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4 de febrero de 2002

Volver todos los días



Creo que es Llamazares, en una especie de libro autobiográfico, el que se recrea con los temores de la mina. La tremenda impresión que produce ver a un hombre metido dentro de un agujero diminuto, abierto en el costado de la galería, buscando la posición menos incómoda para hincar la herramienta, hasta habilitar una cueva en el aire, consciente en todo momento de que puede hundirse y atraparle.

Ese es uno de los recuerdos más vivos que me quedan del siglo que dejamos atrás.

De igual forma que los antiguos cántabros se reunían bajo el tejo, o los veceros de la Castillería pastoreaban sus ganados buscando el refugio del roblón de Estalaya (uno de los árboles más viejos de la Península), quienes llevamos grabado a fuego la historia de este rincón de la provincia, enseguida se nos hace familiar la torre de criba, las escombreras de Pijo y Sanfesa, los lavaderos y cuarteles.
A leve contacto que hayamos mantenido con los mineros –que en mi caso fue y sigue siendo profundo–, entenderemos el significado de los pozos, las vagonetas, las rampas, el testero y, en suma, la importancia de un producto que hacia mitad del siglo condiciona y empuja el progreso de estos pueblos palentinos.

Pero sin restarle méritos a los factores que lo hicieron posible, como la existencia de un capital importante, o la presencia de una mano de obra, todos los habitantes de estas comarcas pasamos por el trance del accidente. Yo creo que todos, hasta los más pequeños, vivíamos esperando el final de cada jornada con la incertidumbre de un posible percance que pudiera privarnos, como de hecho nos privó, de la presencia de tanta gente.

Estas historias y la promoción del hombre por encima de todo, han venido motivando mi presencia en los medios, aunque no siempre lo hiciera como era necesario, ni tengan mis fuerzas la magnitud que precisan las gentes de esta tierra, quedando muchas veces los problemas ocultos, ahogados los lamentos en este pozo interno que me fue devorando, que todavía hoy me pide que le escriba.

La mina, bien lo aprendimos todos, era el último refugio, una solución buena desde el punto de vista económico, pero que llenaba de temor a las familias: había un riesgo permanente: sigue habiéndolo hoy, en la medida en que siguen latiendo varias explotaciones, y cada muerte implica un desgaste anímico, porque, después del consiguiente duelo, los hombres estaban obligados a regresar al tajo.

La historia de la mina y del minero va mucho más allá de cualquier trabajo o ensayo. Faustino Narganes, el hombre que vio florecer la minería desde su pueblo de Traspeña, habla bien de la primera en su discurso de toma de posesión como Académico de la Tello Téllez (1997). Bien habló de la minería mucho antes Barrio y Mier, que ya en el siglo XIX, mencionaba el caso de Ciriaco del Río, cura párroco de Salcedillo, que al regreso del mercado de Aguilar se dio de bruces con aquellos pedruscos.

Y lo cierto es que aquella prosperidad pasó, pasó todo y todo se nos quedó en las efemérides. Hay un dato que a mí siempre me sorprende: cuando contamos la historia nos olvidamos de los hombres, los mismos que ahora, paradojas de la vida, están tristes porque casi todas las minas del contorno han quedado en silencio, muda la galería, callado el lavadero...

Aquella espera de la madre que, finalmente se traducía en dolorosa muerte; en siniestro, para un vecindario acostumbrado a la bondad y a la catástrofe que aportaba la piedra, lo explica muy bien en dos palabras el barruelano Francisco Merino Bravo: “... y su madre no le oye porque está en este momento/ esperando como siempre/ a que regrese el minero./ Con la mesa preparada,/ con el agua bien dispuesto¡a...”
Y, al final, cuando ya sólo queda la esperanza de verlo entrar por aquella puerta, le llega el mensaje con la escueta y terrible noticia: “Su hijo ha quedado dentro...”
Yo he querido leer sus inquietudes muchas veces. He mirado sus miradas donde se lanzan preguntas que nadie sabe contestar.
En estas historias, como en casi todas las demás, hay una tendencia a la resignación: los políticos siguen tejiendo a su manera, cada político espera del otro que se las apañe como pueda, y aquella bondad, aquella hospitalidad, la piedra vetusta que lucimos va poco a poco desluciéndose y una incomprensión roza con otra y se puede cortar el descontento.

Lo irremediable, lo fatídico, ese final del que muchos autores se hacen eco, no es otra coas, lector amigo, que la impotencia llevada a lo más alto, donde todos oficiamos de espectadores y cronistas.

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22 de febrero de 2000

Toma el carbón y corre


Como el hombre tropieza más de una vez en la misma piedra y esa piedra es el motivo de esta historia, he de pronunciarme con claridad sobre este asunto del carbón a cielo abierto que ahora ruge con fuerza hacia las tierras que miran a la villa de Guardo.

Que no vengan ahora los empresarios anotando los puestos de trabajo que implica, porque sabemos cómo queda un limón cuando lo exprimen. Porque conocimos ya la devastación de Santullán y debemos intuir el incumplimiento de empresarios y políticos; los primeros, porque prefirieron perder el dinero que entregaban en depósito y, los segundos, alcaldes y concejales de los pueblos, porque desviaron el dinero hacia otros menesteres y se pasaron por alto la restauración de los terrenos. Esa es la gran verdad y, aunque deban matizarse algunos hechos, han de servír de ejemplo los calveros que dejaron abiertos. “Guardo no será un nuevo Barruelo” –respondió Evilio Morán en 1994 a un periodista de esta casa, haciendo clara alusión al eje vital de las infraestructuras. Así mismo, señaló la autoridad de aquel momento:

“El carbón lo tenemos seguro como mínimo hasta el año 2002 y nosotros estamos mirando ya a nivel de municipios mineros, alternativas que ofrezcan una continuidad a estas riquezas”.

¿Se refería don Evilio a la alternativa de la explotación a cielo abierto?¿Cuánto tiempo dura esa alternativa que pueda garantizar los puestos de trabajo que señalan? ¿Qué nos queda cuando se van las enormes orugas? Se comprende que lo hagan en Redondo, encima de las minas activas y con unas limitaciones claras y concisas, pero no es de recibo que lo hagan como lo están haciendo junto al mismo casco urbano de Villanueva de la Peña, ni en Guardo, ni en cualquier otro lugar donde, ni una restauración en toda regla devolvería las cosas a su estado normal.

Hace unos días, Jesús Rodríguez Lanza, director general de Uminsa (que agrupa a seis minas palentinas), en clara referencia al desmonte que se está llevando a cabo en Villanueva de la Peña, se manifestaba a favor de la explotación exterior si se quería mantener los puestos de trabajo en la minería clásica. Esto es pan para un día. Ya lo saben bien ellos, que pagan a los vecinos por las tierras millones que no valen para atarles la lengua; que dejan en depósito a los ayuntamientos cantidades ridículas que no interesa a ningún efecto recuperar, porque su misión es sacar el jugo de la tierra y salir huyendo; que no merece la pena sembrar árboles que estas generaciones no verán, porque la flora, la fauna, el paisaje que tantas sensaciones nos provoca (no entendemos de minas, pero entendemos de montaña), quedará mutilado: rotos los caminos y las fuentes, montañas de escombros que nos advierten cómo se fueron los últimos suspiros de esta tierra a manos de extraños portadores.

Yo no quiero verlo. Y se lo cuento a ustedes porque lo vi primero, cuando tenía 22 años, subiendo a Peñota tras los pasos de un empresario que ahora vive de esto, que por encima de la Eugenia me habló alto y profundo de la técnica para recuperar los montes, mientras yo impresionado miraba la profundidad de aquellos cortes, centenares de metros escarbados.

Yo no quiero verlo. Se lo prometo. Lo vi en los ojos del pueblo de Barruelo, del valle que ha soportado durante lustros la explotación más vergonzosa. Y al carajo con el oso pardo, lo digo por la gente que debe pasar su vida mirando hacia el lugar, ennegrecidos sus pulmones primero por el carbón de dentro y, al final, negras también sus casas por el carbón de fuera. Cuando acudí a Villanueva en diciembre de 1977, atendiendo la llamada de varios vecinos, y el periódico publicó el artículo en tercera página y en negrita, sabía que no conseguiríamos nada.

El dinero es el eje que alivia las gargantas de aquella mismas gentes que en otras circunstancias hubieran dicho basta. Pero el dinero no servirá, se lo aseguro, para lucir luego los montes.

Yo sólo veo un minero y un explotador. Yo sólo veo un futuro siempre que le plantemos cara a este atropello que ahora se quiere repetir en otros puntos. Cuando se ha depositado toda la confianza en un alcalde, y el alcalde, seducido por una cantidad, mal guiado por terceros, se equivoca, el pueblo está perdido. Alejandro Lamalfa dijo al fin: “No perdono a nadie”. Y sabemos que hubo abusos, extorsiones, amenazas... Sabemos que la libertad se quedó prisionera en un puño. Pero les aseguro que así ha de ser y en tal postura hemos de mantenernos si queremos que esta tierra no se muera mañana.


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15 de diciembre de 1997

El desmonte está de moda



La calle es puro hielo. Los carámbanos cuelgan de los tejados como golosos caramelos. La nieve se acumula a las orillas de los patios. Eso y un espeso silencio que parece romperse a medida que el sol sube a lo alto.

Dejo Pernía a las doce en punto para dirigirme a Villanueva de la Peña, cuyas autoridades me han llamado para que , diga algo en esta columna. ¿Toda la verdad?

Es fácil describir al difunto. Alguien está destrozando el paisaje, cargando de escombreras los prados, aupando escombro sobre escombro hasta rebasar los límites de las tierras compradas. Alguien está rompiendo fuentes, inutilizando los caminos y cunetas, hasta adentrarse en un pinar cercano.

Hace dos años, cuando la empresa minera dio cuatro o cinco calicatas sin consultar a nadie, los vecinos de Villanueva se pusieron en guardia. Cuando el pueblo fue a pedir explicaciones, la empresa que llevaba la subcontrata dijo que se trataba de una investigación. Para aplacar un poco el ánimo pagaron muy bien una o dos fincas y fueron comprando otras muy por debajo de su precio, al objeto de utilizarlas como paso. A medida que avanzaban los pozos y crecían las escombreras, creía también la incertidumbre. Algo en su interior les decía que aquello pasaba ya de investigación en terrenos privados y decidieron poner los hechos en conocimiento del capataz de Velilla. Dos veces bajó el presidente al Ayuntamiento de Castrejón. Pero nadie les tomó en cuenta. Entonces, Justo Díez decide viajar a Palencia y al día siguiente los responsables de Medio Ambiente llegan al lugar y paralizan lo que a todos los efectos, según el informe del ingeniero, es un desmonte. Después -me cuentan- aquellos vinieron a pedir permiso con piel de cordero.

En el Sel dieron un pozo plano. Ahora tiene filtraciones de agua. En Nomanillas dieron otro pozo, inutilizando el camino Real que conducía hasta la Penilla. En Valurcia, otro pozo. Abren dos bocas de mina. Fracasan en las dos. Abren una tercera. Revientan una fuente. El acceso a Valurcia atraviesa por un pinar cuyo camino han reforzado con escombro negro ..

Ese es, a grosso modo, el asunto que nos ocupa. El pueblo está asustado ante una historia que empezó hace dos años. Cuando lo vi por primera vez, aquello era un botón que ya había presenciado en otros lugares de nuestra montaña, como Casavegas, Villanueva de Arriba, El Campo, Redondo...

Era un proceso, donde había un depósito en algunos casos, o una promesa en otros de restauración de los terrenos, que sistemáticamente se incumplía.

A Barruelo le dejaron sin sangre, herido de muerte, bombardeado, negro... De aquellos vientos, sumando otros matices, vienen estas tempestades actuales. Y en Villanueva de la Peña el miedo es más pequeño, pero hay detonaciones, un pinar afectado, fuentes heridas, caminos cortados.

Había claros precedentes en otros lugares de la provincia, pero vendieron sus fincas y cercados y ahora el lamento es unánime. Cierto es que no se puede camelar a un pueblo con un chupete o una plazoleta, pero, yo me pregunto: ¿hay verdadera voluntad en poner fin a esto? ¿No es más bien un deseo de recibir mayores cantidades de dinero y dejar que sigan horadando?

No obstante, fiel a su petición se la traslado a quien proceda, para que aquello se restaure o se detenga antes de que al pueblo se lo trague un pozo negro.

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6 de marzo de 1993

Que paren esta ofensa

Estoy de acuerdo. Los políticos son necesarios. No cobran ni la milésima parte del trabajo que desempeñan, siempre que lo desempeñen bien. Vamos a darles, pues, lo que demandan. Eso sí, que nos permitan el castigo si no sirven. Sabemos las responsabilidades que conlleva una casa; suponemos las que conlleva un municipio, una provincia, una región ....
Así pues, que establezcan un precio, que lo cobren y que tengamos la seguridad que si después de este acuerdo quebrantan la norma, reciban un castigo ejemplar, sin que sirva de excepción su condición de hombres públicos.



Hace algunos años, tuve ocasión, de contemplar el magnicidio en Villanueva de Arriba, un pueblo a pocos kilómetros de Guardo. Hasta el lugar me condujeron varios vecinos, pero entonces nadie quiso que su nombre figurase en los papeles y hubo que dejar la información en suspenso. Entonces los ánimos estaban encendidos, se habían devastado unas hectáreas enormes de terreno en busca de carbón a cielo abierto. Unos años más tarde, cuando la explotación llegó a Pernía, tuve la ocasión y el interés de hacer un seguimiento informativo del asunto. Caí en el señuelo y dije lo que ellos me contaron, lo que ellos querían que dijera para tranquilizar al personal. En las condiciones que ellos pactaban con los pueblos, se hablaba de la restauración de los terrenos, cláusula para la que dejaban un dinero en depósito que luego preferían olvidar.

De esta manera, las maniobras se sucedieron en Los Redondos, Areños, Casavegas, el Campo y los terrenos próximos a Lores. En zonas como «peñota», el desmonte fue inmenso. La montaña palentina ha sido pasto de unos aventureros sin escrúpulos. En Barruelo, siguen los especuladores barrenando sin barrenos.  Cuando en una comarca de Cantabria, próxima a nuestros pagos, hablaron de indemnizar a todo un pueblo, porque había aparecido bajo sus cimientos una veta de carbón importante, me quedé desolado. Peridis hablaba de Cervera de Pisuerga del desarraigo que supone el cambio de casa, de los efectos que produce dejar el hogar donde has nacido, en el que has ido creciendo, y cerca de allí, a sólo unos kilómetros, los traficantes de carbón compraban por cuatro duros un pueblo, tu pueblo, tu casa, por ejemplo, tu hogar de siempre, del que hablamos en el exilio, y nadie dice nada, y nadie se escandaliza, y nadie patalea, sólo los dos o tres vecinos que sufren en sus carnes tamaño vapuleo.

Digo que la montaña ya ha sufrido bastante, que los políticos se están haciendo merecedores de una ley rigurosa, donde se les señale de por vida las responsabilidades en las que están cayendo.

Que alguien detenga esta sangría. Que alguien ponga fin a estas mutilaciones salvajes. Que nos dejen la tierra como era. Que se vayan. Que los vecinos de los pueblos se opongan rotundamente a vender por cuatro monedas de oro la tierra, su tierra, la que tenemos, la que nos queda de increíble, la que nos legaron, bajo la cual se rompieron el alma muchos pares de brazos, en cuyas entrañas dejaron la vida y la esperanza muchos cuerpos ....
Estoy de acuerdo. Que paren esta ofensa como sea.

© Froilán De Lózar, en su sección "Cuaderno de Montaña", [Norte de Castilla]
Imagen: Archivo Diario Palentino

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20 de octubre de 1992

Broco

Un intelectual, Manuel Broco Barredo, escribe acerca de los mineros de Asturias, en una pequeña e interesante revista que edita el grupo madrileño Cero. ¿Qué le está permitido desear a un minero de Mieres? -se pregunta. Todos los mineros, los de Palencia también, se preguntan muchas veces por su vida, por su futuro, cuando las minas cierran, condenados como están a eso que llaman silicosis.




Mi amigo Vega Antuña, que contaba historias de la nieve en aquel famoso «Cimbalillo», y que regentó el economato de las minas en San Salvador, además de llevar la gestión de las de Castrejón de la Peña, sabe mucho de lo que pasa fuera de la bocamina. Por su parte, Lorenzo, el del Campo, un picador de primera retirado por respirar en las cavernas de la "Eugenia", sabe todo lo que pasa dentro.

La Montaña Palentina se ha llenado de luto muchas veces. Ha muerto mucha gente en situaciones confusas, trabajando en condiciones infrahumanas, boquetes laterales por donde justo entra el cuerpo y la herramienta. Se cava de rodillas o tumbado y no hay seguridad que valga. Algunos jóvenes, en los últimos años, han hechos de tripas corazón y se han ido galería adentro, como hicieron sus padres, tal vez para seguir viviendo. No saben, ni se imaginan, que eso que llaman silicosis les ha comido los pulmones y ya no queda aire bastante para ellos en el mundo. No en vano, he visto la agonía de Vidal, padre de mis amigos, y la de Pepe; viví de cerca, siendo corresponsal del desaparecido «Noticias de Palencia» la noticia de la muerte del picador de 24 años, Ramón Otaola; estaba allí cuando me comunicaron la de Julio Torres, unos años después, la de Vicente, y la de su hermano, y la de tantos otros que lo dieron todo por la mina y en ella encontraron el pago más injusto.

Es ley de vida. Los mineros de Palencia saben muy bien la historia: la de dentro y la de fuera.

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Orígenes Montaña Palentina

El autor

Froilán de Lózar. Publicista-Escritor.

Premio de periodismo Ciudad de Palencia; II Premio Internacional de Poesía "Diego de Losada" (Zamora); Premio Nacional de Novela Corta "La Tribuna de Castilla (Valladolid); Finalista Premio de Novela Bubok-Lengua de Trapo, 2016.

La más bella canción: los libros

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