Universalidad de Redondo

A medida que avanzan los días, la nostalgia me devuelve al encantado valle de Redondo. Yo estoy emocionado por este Universo de colores, por esta sinfonía variopinta que lo mismo te muestra una pared pintada en un Ribero, que te abre los ojos a la Sierra, donde Tres Mares se evidencia como un clamor acurrucándose sobre la mesa de nuestro Peña Labra.


Seguro que este retintín mío les suena a quienes han tenido la paciencia de seguirme, y les seguirá sonando mientras me queden fuerzas, porque, como en el amor, en la promoción ha de existir un diálogo constante, repitiendo miles, millones de veces, nuestro mensaje, que estimula y advierte, que refresca las ideas y va apoderándose poco a poco de la ambigüedad y el desinterés de los más reticentes. Si quienes llevamos el mensaje nos mostramos excépticos y desencantados, mal revulsivo transportamos.

Como ya anunciamos en la pasada primavera, el pasado mes de agosto se paseaba por Santamaría de Redondo, Luis Domingo Gaya, natural de Soria y, desde hace un año, rector del Monasterio de Santa María de Liébana, lugar de oración y peregrinaje que, curiosamente, se reconstruye a mediados del pasado siglo (1959), alcanzando la fama gracias al fragmento de la Cruz de Cristo que un monje decide traer desde Jerusalén a España.

El propósito de la Asociación de “Amigos del Valle de los Redondos”, es despertar la conciencia de estos pueblos y, en este caso concreto del Monasterio de Viarce (lo que se traduce como Camino del Castillo), ubicado entre “Amargoso” y “Serbales”, promover una exhaustiva investigación que vuelva a poner en pie tan importante legado histórico.

Según la historia que ha llegado hasta nosotros, cien años después de la muerte de San Francisco de Asís (1320), se funda el convento del Corpus Christi, conocido más tarde como el convento de Viarce. Su fundación se atribuye al moro Juan Peña que, descontento de su vida, llega a estos valles buscando algo que diera sentido a su existencia. En otros textos se pone en entredicho que fuera Juan su fundador; lo que no cabe duda es que el moro existió, intervino en su reforma y fue una pieza importante en su mantenimiento.

En la “Aventura Política de Matías Barrio y Mier”, un ensayo sobre nuestro ilustre paisano de Verdeña (en manos ahora de quienes parecen decididos a editarlo de cara al centenario de su muerte) hago un extenso recorrido por una de las leyendas con la que Matías da testimonio de estos lugares y sus gentes. Allí habla de cómo se le aparece la Virgen a este moro y le manda en penitencia que peregrine a Roma. Juan Peña toma el camino de Roma y allí visita las tumbas de San Pedro y San Pablo, los lugares que dan motivo a las leyendas, las catacumbas... En definitiva, allí se convierte al cristianismo, influyendo en la decisión el fraile Alvaro Pelayo, confesor del Papa Juan XXII que le anima a fundar en Viarce un Convento. El moro toma el hábito franciscano, orden religiosa que surge al norte de Italia y que se extenderá rápidamente por Europa: alojados en casas sencillas o en conventos pequeños, con unas normas que les permitirán moverse por las cercanías, predicar, hacer misiones populares. En el citado convento vivieron seis u ocho frailes y hoy todavía puede verse la distribución: el altar mirando al este, por donde sale el sol; un pequeño claustro y las celdas. Sus moradores entregados a la oración, sin descuidar la visita a los pueblos del contorno, el cultivo de la huerta alrededor del monasterio, ayudando en los oficios a los sacerdotes de las parroquias vecinas, hasta que en 1836, son expulsados por la famosa ley de Mendizábal.

El último fraile se hizo sacerdote, vivió en Santa María y la imagen pasó a la iglesia de este pueblo.
Se sabe que un antepasado, Arnao de Velasco, emparentado con los Condes de Siruela o Condestables de Castilla, legó sus bienes al Convento y aquellos regalaron la talla de la Virgen que ahora se exhibe en la Iglesia de Santamaría (aunque no es la verdadera, y esta explicación desbordaría el espacio de que disponemos). Pedro Fernández de Velasco y doña Mencía no tenían hijos, pero eran muy devotos y amigos de los frailes. La historia más probable es que fuera un regalo de ellos. Fue importante la imagen y la devoción que suscitó la misma en todo el Valle, lo que viene a invitarnos a cuidar nuestra historia, tanto como cuidamos nuestra vida.-

De la sección del autor "Impresiones", publicada en Diario Palentino.
Imagen: @Ribero Pintado, por José Luis Estalayo

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