- Contestando al artículo del escritor alarense Jaime García Reyero:
"¿Qué es la Montaña Palentina?"
Froilán de Lózar
En Agosto, Luis Guzmán Rubio me acogió como a un hijo. Palencia es una ciudad pequeña, tranquila, cada año más conocida y bella, lo que nos mueve a orgullo y a reflexión a todos los palentinos de la diáspora. No faltarán versiones diferentes, incluso de los mismos vecinos, que encuentren en una leve proporción, aunque importante para ellos, tantas deficiencias y sombras como se vienen planteando en los medios de comunicación.
Siendo muy niño, cuando toreaban el Cordobés y el Viti en la vieja plaza, yo bajaba con mi padre a los sanantolines y de su mano, y de la mano de los representantes que a él le vendían las cosas, recorría la ciudad, entonces tan gigantesca y distante para mí. Mi padre nunca faltó a las fiestas de la capital, a excepción de estos últimos años, cuando ya mi madre quedó atrapada por completo en las redes del parkinson.
Paseando por la calle Mayor, Luis me narraba con añoranza los años pasados en Cervera y en Guardo, la incertidumbre que le embargó al llegar por primera vez como maestro a San Felices de Castillería, y yo buscaba una excusa que me devolviera, si no la figura, sí la esencia y el entusiasmo de mi interlocutor. Amigo Jaime, luego te explicaré por qué considero necesario que en Palencia se desate ese interés creciente hacia la montaña, que es suya en la misma medida que fue nuestra.
A quienes nacimos en el norte, a los que de algún modo nos hemos debatido entre la necesidad y la distancia, se nos hizo el pasado un gabán milagroso. Siempre, para todo, nos sirvieron de disculpa los kilómetros, de manera que el mensaje en pocas ocasiones llegó a puerto con las demandas que nuestros antepasados depositaron en las manos de sus gobernadores. Buen dices, buen amigo: yo encontré una espada para mostrar mi rebeldía ante asuntos que claman rebelión, ante repartos que bordan diferencias, como las que ahora mismo se debaten en la región y que nos traerán muchos dolores y enfrentamientos. Años después, cuando llegué al País Vasco, la distancia no me apartó, como pensaba en un principio, de lo que allí pasaba, y acaso el tambor de todo el mundo alentó en mi la urgencia de gritarle a la capital nuestra delicada situación, nuestra belleza, nuestro afán de sentirnos tratados como hijos.
Gustoso recibo tus palabras, apreciado amigo. No sabes cómo saben a alimento aquí donde sigue más viva que nunca la violencia. Tus razones tienes. Mis razones tengo. Tus preguntas son parte de ese duelo. ¿Te das cuenta? ¿Dónde empieza?¿Dónde acaba lo nuestro? Si hiciésemos una encuesta para determinar cuánto hay de montaña, qué montes nos rodean, que ríos nos atraviesan, qué distancias nos separan, pocos responderían con precisión, porque ni los organismos, ni las publicaciones han precisado bien hasta dónde llega lo nuestro y tú mejor que nadie conoce la confusión que impera en los extremos: Guardo en León, Aguilar en Cantabria, Pernía en Liébana…
Creo que, defendiendo como tú la unidad, cada pueblo, como cada persona tiene derecho a su parcela de independencia, lo que posibilita el asentamiento de su carácter, la diversidad de sus manifestaciones folklóricas; sus propios mecanismos de gobierno, llámense leyes u Ordenanzas. No es mala la diversidad, y aunque todos los grupos y asociaciones debieran tener entre sus objetivos algunos puntos inamovibles e indénticos, como es la promoción y la defensa de todos los pueblos, las agrupaciones de cada comarca indican movimiento, generan inquietudes, porque, desde Guardo hasta Barruelo, desde Aguilar hasta Cervera, la montaña presenta rasgos y problemas distintos que no podrían resolverse sin la aportación y el entendimiento de los habitantes que residen en ellos. Sólo el cansancio y la carga de las responsabilidades sobre las mismas personas, es lo que lleva a estos grupos al cansancio y casi siempre a la desaparición.


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