La baila de Ibio



Es obvio que no todo el mundo percibe las cosas con el mismo entusiasmo. Quienes inventan o transforman se exponen a la crítica de quienes consideran esa acción o ese momento desatinado, impropio de un artista, como si el arte o la cultura debieran pasar un determinado cedazo y alguien estuviera en posesión de la verdad absoluta.




Matilde de la Torre nace en Cabezón de la Sal en 1884 y desde su Academia hace realidad el sueño de difundir el idealismo y humanismo del que la cuentan llena, educando a sus alumnos sin método pero con sentido común. Los cambios políticos de aquellos años: monarquías, repúblicas y dictaduras no escapan a su sagaz principio y como bien entiende Marián Bárcena, “un espíritu libre y un ciclón en medio de una tragedia”, terminan por arrastrarla desde los precipicios crueles del exilio hasta su muerte, en el año 1946.

En el estudio preliminar a la reedición de su obra “Don Quijote, Rey de España”, Martínez Cerezo considera que Matilde de la Torre es la gran estafada de la literatura cántabra “cuyos libros ni se leen ni se editan ni se recomiendan”. Yo me voy a fijar aquí –porque en un pequeño artículo no cabe otra especulación- en el amor a su tierra, que otros dicen su amor a la Cultura, lo que hizo surgir en 1926 el Orfeón de Voces Cántabras y un equipo de baile que ella había recopilado y recompuesto como “la baila de Ibio”, la danza del romance del Conde Lara y el baile tan al estilo de nuestra tierra “A lo alto” y “A lo bajo”.

De la Torre creó asímismo un pequeño grupo de teatro local que representaba escenas y danzas de la vida rural de Cantabria. Lo cierto es que, tomando como ejemplo “La Danza de las Lanzas”, Matilde crea esta coreografía que en 1932, aún reconociendo que no se trata de una pieza puramente folclórica, consige una ovación inolvidable en el Albert Hall de Londres, en la fiesta que anualmente celebraba “la sociedad inglesa de Danzas Folklóricas”.

La mujer lo recuerda emocionada en los artículos recopilados bajo el título “La montaña en Inglaterra”, publicado aquel mismo año. Pero este baile y esa transformación no está bien vista por Fernando Gomarín Guirado que, sin restarle inteligencia y unas dotes humanas extraordinarias, expone lo que a su juicio resulta un cúmulo de desaciertos en su faceta como folklorista. Para el crítico, no sólo extrapola la danza en el medio donde nace, Ruiloba, para llevarla a Ibio, sino que, además, cercena y modifica figuras que la llevan a perder su autenticidad, convirtiendo en mixta una danza genuínamente masculina.

Yo pensaba que, cuando uno recoge una danza o un romance, supuestamente inventado por otro, o considerado de un lugar –que cuántas confusiones se dan en esto- y lo lleva a otro punto de la región y, sin romperlo escenifica un nuevo acto, yo pensaba que a esto se le llamaba enriquecimiento, innnovación, que es más o menos lo que vienen haciendo las grandes productoras con películas y canciones desde que se inventó el mundo y ahora más que nunca.

Es evidente que Matilde no inventó “La baila de Ibio”, por más alabanzas que merezca su trabajo, pero tampoco creo que ese baile que ella interpretó a su modo esté cobrando –como señala Gomarín- “un valor mítico-social falso y desproporcionado, alejándose del modelo original.” Tal vez, de no haber sido recogido y actualizado por ella, con lo cambios que no siempre son del agrado de todos los críticos, ese baile que se sigue prodigando por muchos lugares de Cantabria estaría ya en nuestro recuerdo.

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