Escribir, escribir y llorar

  • Apenas salen las palabras. Por norma general, remito a últimos de cada mes los artículos que se publicarán el mes siguiente y, como la vida no es más que un tejido de hábitos, nos vamos haciendo cómodos, escribiendo justamente sobre aquello que más echas de menos, sobre la tierra añorada que se va despoblando, sobre la gente que, envuelta en su propia rutina, no espera una hecatombe.

Cuando el sábado pasado los responsables de este diario hacían un salto informativo para buscar la noticia del día, la peor noticia en muchos años, yo me acordaba más que nunca de mis orígenes. La historia cambió de pronto para todos. De repente. Brutal y estúpidamente. A algunos les ha cambiado tanto, que lo han perdido todo: han perdido la vida, han perdido a los suyos o, han visionado el horror de una guerra sin más armas que aquellas de los terroristas. Nadie puede pasar página ante tan inmenso drama. Los terroristas han hecho bien su trabajo. ¿Qué buscan? Sembrar el terror, la confusión; que la desolación se imponga, que se señale con un dedo al culpable, al primero que pase, que se vote por miedo.

El gran autor argentino, Jorge Luis Borges, decía que:
“Cada instante es autónomo. Ni la venganza, ni el perdón, ni las cárceles, ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado”.

Pase lo que pase mañana, quienquiera que sea el que tuvo la idea, los que la aplaudieron y ayudaron a urdirla, los que depositaron la mochila bomba en un tren con destino a una catástrofe segura, nadie puede modificar aquel día 11-M en el que, de algún modo, viajaba todo el mundo: los que murieron, los que ahora sufren las tremendas secuelas, los que se aposentaron en el vagón de al lado, los que esperaban en el hogar el regreso de la hija o del esposo que, caprichos del destrino, en el mismo recorrido de siempre, en el mismo vagón donde la suerte quiso que subiera un individuo sin conciencia, se han encontrado con la muerte.

Cuando un hecho de estas características rompe ese estado de rutina que lo domina todo, lo nuestro es lo de menos por muchas y abundantes razones que nos asistan.

Aquí y allá, en Irak y en España, en Israel y en Palestina, en África y en Serbia, en el mundo importa el hombre por encima de todo.

La gente ha vuelto de nuevo a salir a la calle con las manos en alto a pedir paz, a decir basta, a expresar sus sentimientos, que están alborotados, confusos, sometidos al pánico.

Cada uno busca su rincón para mostrar su repulsa y por ese motivo yo quiero aprovechar el mío, de esta casa, en el que habitualmente les cuento historias y necesidades de nuestra montaña, para solidarizarme con aquellos que han sufrido la tragedia en sus carnes.

Los gobiernos tienen que saber que no podemos estar toda la vida envueltos en la amenaza del terrorismo, que han de aplicarse las leyes con todo su rigor para lograrlo. A lo largo de la historia hay anécdotas curiosas, como la de Anacarsis, noble escita que visitó Atenas en el siglo VI a.de C. Cuando le preguntaron qué opinaba de las reformas legislativas de Solón, éste que tenía escasas fe en las leyes escritas, le contestó: “Las leyes y la tela de araña se parecen mucho. En su trama quedan atrapadas las moscas y otros insectos insignificantes, pero una alimaña rompe con facilidad sus redes”.

Todos íbamos en aquel tren, porque nadie está a salvo de encontrarse una mañana, en una calle, en una oficina, en un avión, en un lugar donde diez alimañas se asoman decididos a demostrar su especialidad: por encima del hombre siempre estarán las patrias, las banderas, los símbolos.

Ya lo decía León Tolstoi: “Todos los males de este mundo provienen de que el hombre cree que puede tratar a sus semejantes sin amor”.

©Froilán de Lózar para Diario Palentino

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