25 abril 2000

Libro de costumbres


“El día 12 de diciembre de 1859, a las siete y treinta minutos de la mañana, le nacía un hijo de su mujer legítima al cirujano de Támara, un pueblecito de noventa vecinos situado en la provincia de Palencia, y del cual no tienen la más leve noticia los demás habitantes del mundo”
Así recupera la profesora Beatriz Quintana Jato la palabra de Sinesio Delgado, un costumbrista noventa y nueve años mayor que yo, con clara ascendencia montañesa por su lado paterno, que mira con añoranza y arrojo hacia el ayer de sus días, volcado en el empeño de valorar lo que fue quedando en el pasado, un tiempo de juegos y costumbres que hoy nos sirve a sus paisanos de alimento.

Nace este artículo con una pretensión muy parecida: volver la mirada hacia esa puerta por la que cruzamos, mostrar a nuestros hijos aquellos caminos; vislumbrar aquellos rostros que a nuestros ojos infantiles habían ganado sobradamente el cielo vadeando los desiguales prados, sembrando la avena en primavera, en cuanto el sol abría los brazos, en las tierras ligeras (se dice de las tierras que se dejan descansar desde septiembre a marzo), recogiendo los frutos, remendando las huertas con las mejores artes del cestero.

No sé bien si por la edad o por la lejanía, me motivan aquellas historias que ya me impresionaron siendo joven, como el hecho natural del aprovisionamiento, cuando los carreteros purriegos venían a cargar sus sacos de trigo y sus cubas de vino a Castilla, dejándonos sus cebillas y garaujas de apeas, engordando de ese modo –dicen los costumbristas cántabros– su rico cancionero.

Hace sesenta años dejó huella por el norte el cardador de Santibáñez de Ecla, que venía desde Prádanos de Ojeda a ofrecer sus servicios por los pueblos, dejando en el mejor punto la lana que luego se encargaban de hilar nuestras mujeres. Esta labor, que para él suponía cuatro o cinco meses de trabajo, le reportaba pingües beneficios, como lo demuestra el hecho de aquella anécdota que llegó hasta nosotros: “Tío Tonino, me tiene que enseñar el oficio” –le pidió un día, seguramente en bromas, un mozo del lugar. “Pues no andas descaminado, porque en la temporada de cardar tenías pa un jato cojonudo”.

Yo asistí, y creo que tomé parte alguna vez, en aquel hábito de varear la lana. La lana extendida en un tablero y los miembros de la familia “arreando estopa” con una vara de avellano.

Antiguamente, en algunas casas, una vez que el trillo lo había sobado bien, se ponía debajo del colchón de lana un jergón, elaborado con paja de centeno o de maiz, fórmula que al decir de las gentes desimulaba mejor la lana y ayudaba al descanso. Cuando la paja se iba moliendo con el uso, lo quitaban y colocaban otro nuevo.

Cuentan a este respecto lo que le ocurrió a una pareja de Polentinos que emigró al extranjero recién casada. Después de algunos años, volvieron, compraron un terreno, edificaron una casa y el dinero que les sobró lo metieron en un jergón de aquellos. Un día, pasado el tiempo, pensaron en cambiarlo echando el viejo al cubil de los cerdos, olvidando que con aquel gesto estaban tirando sus ahorros. La historia acabó bien, porque, aunque rotos y pisoteados por los animales, Juan Lores e Isabel recuperaron el dinero y pudieron dormir a pierna suelta en jergón nuevo.

Asímismo, como quien encuentra un billete en un bolso de su chaqueta o entre las pasta de un viejo libro, yo paladeo estos episodios, repaso con más intuición que documento los pequeños enigmas, que son tentáculos que van fortaleciéndose en tu cerebro a medida que transcurren los días.

No hay pretensión de ningún tipo en esto. Noto como si me invadiera un extraño reposo.
Converso con ustedes, que ya es mucho. Intuyo una vereda que nos conduzca hacia la historia de aquellas gentes, deudos como son de nuestras vidas.

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14 abril 2000

El arado




Uno quisiera ser, amable lector, ese espíritu que nos sirve de puente para conectar con los lugares y las gentes de otras épocas. Dicen los sabios autores que en “el libro de las Behetrías (1340-1352) se habla de la potestad del obispo de Palencia sobre esta tierra y parte de La Liébana, y desde que Alfonso XI asignara la donación de sus antecesores al obispo D.Blas, hasta la muerte de Ramón Barberá en 1924, cuando La Gaceta de Madrid publica la vacante en el Condado de Pernía, la historia no ha dejado de crecer alrededor nuestro.

No se trata de un crecimiento demográfico. Los pueblos —constatación seria y preocupante— se nos mueren, porque, aunque también sea bueno, un pueblo no puede mantenerse del recuerdo. Sospechamos que ni una planificación en toda regla, ni una publicidad agresiva, ni las convocatorias anuales de turismo, ni el empeño constante de cuantos queremos ver un futuro esplendoroso para estas comarcas, puede hacer que la situación cambie. Porque la mejora la fomenta la propia gente que decide vivir aquí su vida, no los turistas, ni los periodistas, ni quienes venimos de visita cuatro veces al año. Y aquellos que deciden afrontarlo, saben lo que tienen por delante: un mar de distancia, una pérdida paulatina de poderes, un envejecimiento progresivo de la población y el ocaso de muchos pueblos que ante la ausencia de recursos deben optar por establecerse en los pueblos más grandes. Esa ausencia está recogdia en todas partes y va y viene sin cesar de boca en boca. Y sabemos que ni las alegaciones más hemosas y razonables pueden variar el curso de las cosas.

Yo me refiero al crecimiento en cuanto a un modelo de vida, acerca de una serie de ritos, de un pasado generoso en tantas facetas, no exento de olvidos y carencias, que debería llevarnos a formalizar un compromiso a todos: a quienes viven allí, a las autoridades, a las Instituciones y consorcios que promueven y buscan la financiación de los proyectos y a quienes de una forma u otra tratamos de contárselo. Par afianzar esta propuesta me afianzo en el rico legado que heredamos, qunque costoso y lento para quienes tuvieron que vivir bajo sus pautas, enseñanzas que D.m. iremos desgrnando en esta serie como sentido homenaje a nuestros transmisores.
Tomemos al azar una palabra: el arado. Descompongámosla.

Encontramos así que, este apero de labranza tan familiar para nosotros, está formado por una reja, bien sujeta a un dental, cuyo fin es cortar la tierra horizontalmente; dos orejeras, encargadas de invertir el corte dado por la reja; el pescuño, cauña que engarza con solidez la camba (compuesta por la entra o ventril, la arrastradera y las abrazaderas), la esteva (pieza de dirección) y el dental. Finalmente, las ensurcaderas, piezas cuya misión es ensanchar el surco. Uno de los arados que junto al romano más se utilizaban en estas zonas, es el llamado de Bravant o vertedera móvil de hierro, cuyo peso requería la intervención de una segunda pareja de vacas. La precisión a la hora de llevar a cabo estos procesos, tanto en los cultivos de ciclo largo y corto como en las tierras barbechadas, tiene testigos vivos que me van dibujando con sus manos en qué medida se va uniendo cada parte –como si de un puzzle se tratara- cómo pasan las cadenas por las argollas adecuadas, cómo se engancha la paeja de reserva a la que sale titular y de qué modo, al llegar a una altura determinada, la pareja que va primero vuelve y la de atrás sigue adelante hasta tocar la orilla del sembrado, dejando para el final las zonas las zonas que aquí se conocían como “traveseros”.

Detengamos un momento este curso del recuerdo. Paremos esta noria, cuyos goznes desengrasados chirrían ulicitando ungüentos. Bajemos la vista hacia ese mundo que nos motiva junto a los huertos y tenadas. Si no podemos detener la llave del dstino, si es inútil viajar contra corriente, sí que podemos al menos dejar constancia al mundo de una historia cuya valoración se hará por las generaciones venideras.

Algo ví. Algo aprendí. Algo aprecié en la visita a cada pueblo. Ahora, cuando me vacío recogiendo para ustedes sensaciones, me someto a la tortura de no poder danzar bajo aquel fuego, asimilando las causas que a tantas personas les llevó a padecerlo y a disfrutar de ello.

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06 abril 2000

Romancerillo



Clemente Lomba, natural de Casavegas y afincado en Santander, viene a Bilbao en abril para pedirme una aportación al “Romancerillo Cántabro”, muy bien llevado por Fernando Gomarín Guirado, director del Aula de Etnografía de la Universidad de Cantabria.

Una de las ventajas que ocasionan la distancia y el olvido, quizá la única, es la conservación del Patrimonio oral: las marzas, los reyes, las coplas populares y los romances, cuyas notas tanta nostalgia me provocan, pues vienen al recuerdo muchas personas que desde Piedrasluengas a Polentinos y desde Lebanza a Celada de Roblecedo, llenaron tantos días de convivencia. Pero frente a la ventaja de practicarlo con cierta regularidad, ante la ausencia de nuevas mareas, existe también el riesgo de perderlo, ya que pocas personas –por falta sobre todo de tiempo y ayuda de las Instituciones regionales, comarcales, e incluso locales–, pueden dedicarse a recopilarlo.

La edición de Fernando Gomarín, en la que colabora el Ayuntamiento de Santa María de Cayón, y en cuyo prólogo Diego Catalán describe con amplitud y generosidad todas las inquietudes de las comarcas cercanas de Liébana y Polaciones, me llevan a lanzar una llamada a los responsables de los Ayuntamientos de nuestra zona norte, para que realicen un seguimiento y la correspondiente publicación de muchos de los temas que de otro modo se acabarán perdiendo irremediablemente.
A medida que avanza el tiempo, el latido de nuestro rico patrimonio se va debilitando, lo que dice bien poco a favor de quienes lo heredamos. Algo ha hecho a este respecto la Tello Téllez, publicando las versiones recogidas por Joaquín Díaz y González Lamadrid. Algo suelto ha publicado Gonzálo Alcalde Crespo en los libros de la Montaña, que viene bien, pero que no es el asiento adecuado, como las “Coplas del Horquero” o algunas de las leyendas. Algo hemos ido hilvanando los cantores ocasionales a lo largo de estos años, pero queda mucho por hacer y apenas tenemos tiempo, pues quienes recuerdan por transmisión oral estas historias son mayores.

El prologuista de este libro que me remiten desde Cantabria (algo he aportado a su libro, aunque reservo el resto para confeccionar un cancionero nuestro), cita muy oportunamente la descripción que hizo Ramón Menéndez Pidal en su recorrido por Asturias y Cantabria (junto a María Goyri y a su hijo menor), recogiendo cantares, e incluso filmando los bailes.

31 de Julio de 1930. Desde Santander a Ruiloba. El pueblo nos recibe en fiestas. Todos están en la plaza. Los danzadores con sendas varas adornadas de colores, simbolizando las lanzas, forman con ellos túnel para que pasemos por debajo a entrar en el Ayuntamiento. Allí nos entregarán copias del romance que cantarán.

—Atención, noble auditorio:
una historia verdadera
que ha ocurrido en Ventanilla,
a una legua de Cervera.

—Con una mujer muy noble
que se llamaba Gabriela;
el marido se murió,
Dios en la gloria le tenga.

—Se volvió a Ventanilla
y arrendó una casa nueva,
de Francisco Mediavilla,
primo de Quico Barreda.

Así comienza una larga historiar que recogí hace años y que conservo junto a otros romances que me narraron y en algunos casos me cantaron, personajes curiosos de nuestra montaña palentina, como “El cura”, en versión de Pepe Martínez (Polentinos); “Balbuena”, que interpretó Primitiva (Lebanza) o “Palabras de firme amor” que aprendí de mi abuela Lorenza y que añadí a mi repertorio procurando ser fiel a los amables trasmisores. Como digo, esto es una insignificante muestra de historias que todavía laten, muchas de las cuales estamos a tiempo de recuperar.

Cuando en Agosto de 1996, me reunía en Tremaya con Luis Guzmán Rubio, para llevarle a la sección “Protagonistas de la Montaña Palentina” (todavía sin cerrar), recordaba a todos los que como él y como su padre (q.g.h.) realizaron una incursión por nuestras aldeas para recoger bailes y canciones.
En Soria, Avila y Cáceres trabajó bastante Katz Schindler, director de la Schola Cantorum de New York en 1930. Posteriormente, desde Julio de 1932 a 1933, tiempo en el que llegaban a los pueblos con un aparato para la inscripción directa de discos gramofónicos “en aluminio”, este mismo investigador se desplazó a Cantabria.
Ramón Menéndez Pidal tampoco pudo ver realizados los planes de publicación de “Epopeya y Romancero”, al desaparecer el Centro de Estudios Históricos que auspiciaba su obra.

Diego Catalán y Alvaro Galmés, que corrieron por otros caminos con la misma inquietud, reflejan sus impresiones al adentrarse en los pueblos de la autonomía vecina, próximos a nuestros pagos. “Ahora —según figura en la carta del 22-VIII-1948—tenemos mucha prisa, porque vamos a recoger romances. (…) No preguntaremos en los pueblos que ha estado José María de Cossío…”

Quiero dejar claro con estas reflexiones que, todos aquellos que hemos trabajado altruístamente en la recogida de material, necesitamos la compensación de verlo publicado, porque de otro modo se irán perdiendo la notas originales que de boca en boca, más o menos fielmente, se han ido transmitiendo. Pienso, como Diego Catalán, que allí donde exista una tradición o el recuerdo de la misma en la versión de sus mayores, todos debemos aportar nuestro granito y “corresponde a los organismos e individuos de cada comunidad regional (o aún local) el esfuerzo de descubrir, publicar y, en consecuencia, financiar su propio romancero.

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Carta de "El Conde de Polentinos"

Como muy bien sabe nuestra familia está unida a Polentinos, Lebanza y toda Pernía.

.../Si bien salimos de Polentinos en 1580 hacia Madrid y luego hacia Lima, siempre todos hemos sabido de donde veníamos. Por ello mi abuelo, séptimo, solicitó la denominación de Polentinos para el título que Felipe V le otorgó en 1716. Y eso ocurrió casi 150 años después de haber dejado la montaña palentina, y en otro continente! Y por eso mi bisabuelo Aurelio, mi abuelo Ricardo, mi padre y yo hemos ido con alguna frecuencia y conocido Polentinos, Lebanza...pero siempre lo hemos hecho lo más "discretamente" posible.

Volviendo a su libro que es el motivo por el que le escribo, es un magnífico libro de historia, costumbres, sociología, pero sobre todo un magnífico libro con el que generaciones futuras conocerán la montaña palentina. Felicidades por este buen trabajo de investigación y seria divulgación...

El Conde de Polentinos

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