23 diciembre 1999

Viaje al Kursaal




Bilbao no es ya lo que escribía el poeta Jesús Alonso Burgos, palentino que ejerce como abogado en Barcelona: "En Bilbao no hay quien diga una palabra de desánimo, mientras el humo de las fábricas sigue tan lento que parece llevarse prisioneros a los muchachos de los barrios"... Pero siempre queda flotando en el ambiente una especie de efecto o de postal que nos hace recordarle así, tal como fue. El azar, que puso en mi camino esta ciudad para vivirla, me acercó también la amistad de dos hombres con quienes este año, hace unos días, he compartido una jornada en la perla del norte. Javier y Jesús, que ya experimentaron la cosa del infarto, el aviso de que la vida ha de tomarse con relajo, conscientes de que por mucho que corramos la vida es una academia en la que nunca nos llegamos a graduar, viendo crecer sin motivos mayores mi depresión de otoño, decidieron llevarme a la Feria Gastronómica de San Sebastián. Javier Álvarez, directivo de una de las empresas patrocinadoras, me pasa una invitación a su regreso de Burgos, con la consiguiente dosis de humor que le caracteriza: "A ti te he incluido en la relación como columnista de Diario Palentino". 

La Kursaal, el palacio de Donosti, obra de Rafael Moneo, se recuesta ligeramente sobre el mar, como negándose a sumergirse en él, lo mismo que su río, el Urumea. En su interior, en la planta habilitada para la muestra, se dan cita más de medio millar de productos de élite: Cerveza San Miguel, Vino de Cariñena y de La Rioja, vinos de Rueda, carne del País Vasco, Brandy de Jerez, y conservas de Navarra, productos elaborados artesanalmente, algunos amparados por los Consejos Reguladores de la Denominación de Origen. Ajenos al temporal que azota fuera, iniciamos la visita deteniéndonos en el primer puesto, donde expone sus níscalos el Mercat de la Boquería. Jesús Coria, amante de la buena mesa, como dio a entender después en la Sociedad donde comimos, montaraz aficionado y cocinero de postín, va describiéndome los detalles de las setas expuestas. Allí estaba también Conservas Serrats, de Bermeo; se cree que es la primera empresa que utiliza latas litografiadas para empacar sus productos a primeros de siglo. Observamos en otro puesto los curiosos comportones, como se denomina en algunas zonas de La Rioja a los canastos que servían para transportar uva, primero haciendo uso de las caballerías y después de las lonas. Y allí se dieron cita, asimismo, los mariscos Oviñana, donde degustamos la caballa ahumada; las bodegas del Marqués de Riscal, las conservas de Santoña, los sobaos Ortiz Sañudo, también de la Comunidad cántabra y las yemas de Santa Teresa de Ávila, donde Silvia Girón nos explica la historia de esta empresa fundada en la ciudad del Tormes en 1860, y la composici6n de este producto elaborado a base de azúcar y fruta, fruta que se compra en Don Benito y que se importa también desde países hermanos como Chile y Argentina. Lo cierto y concreto es que yo vine a darme un baño de alegría, vine a curar mi depresión, como Isabel II vino a aliviar su mal de piel, o como vino después María Cristina, o como viene hoy tanta gente a esta ciudad de doscientos años, a esta ciudad marinera, de puertos y tabernas, de playas y colinas. La disculpa, que empezó con un concurso de tortilla de patatas, cuyo premio fue a parar a manos de un gallego, tuvo su colofón para nosotros en la Sociedad Sansustene, inaugurada el pasado año en el barrio El Antiguo. Allí compartimos mesa y aficiones con los pupilos de Javier: Koldo, José Mari y el pelotari Ansotegui, campeón de España que fuera en su categoría de este deporte vasco. Cuenta uno de los periodistas destacados en la feria, lo que allí mismo le contó Felipe Gutiérrez de la Vega, de la casa Casta Diva: "Nos aplasta la competencia, la comercialización, el estrés..." Y es verdad. La vida es una apisonadora que despacio nos mella. De pronto alguien nos roza, como a mí me rozaron estos buenos amigos, sumergiendo mis sentidos en una fuente milagrosa, tal es el caso de esta ciudad encantadora, devolviéndome las papilas gustativas, y, de este modo, como el mar aplaca su furia contra los farallones, yo vuelvo a rescatar mi historia a la ciudad donde vivía.- 

© Froilán de Lózar para Diario Palentino
Imagen: La Comunidad, El País


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21 diciembre 1999

Palencia y su montaña (y II)

Froilán De Lózar
"Santa Ana, madre de la Virgen, abuela por línea materna del Señor, es la patrona de Piedrasluengas, el último pueblo de Palencia si tomamos la dirección de Potes". Isidro Cicero, viajero y escritor cántabro, recuerda en un libro pequeño pero muy ameno, cuando las mayordomas del lugar solían cambiarla de capisayos, según fueran cambiando las solemnidades del año litúrgico. Así, en una ocasiones la revestían de Santa Ana, otras de Santa Eulalia, de Inmaculada y, en ocasiones, de San Antolín, obispo y patrono de Palencia. De ahí procede la plegaria que los romeros cantaban en las procesiones el 26 de Julio:

Gloriosísima Santa Ana,
que fuiste madre de Cristo,
fuiste Virgen, fuiste mártir,
y dimpués, fuiste obispo.

Nuestros antepasados ya buscaban motivos para romper ese silencio del que hablamos, porque, de otra manera , no se comprende un pleito de 600 años como el que en este pueblo disputaron por unos cientos de metros al pueblo de Valdeprado, situado en las primeras estribaciones cántabras del valle de Liébana. Hablo con la seguridad que me da el haber nacido y vivido en esa parte de la montaña y, como me contaba mi pariente Apolinar, que vive al otro lado, en Quintanilla de las Torres, he conocido cada casa, puedo imaginarme cada rostro, el poder de la lumbre y, no sé si por las necesidades que debieron pasar, o el acomodo a una serie de circunstancias posteriores, pocas veces vi en su cara un amago de pena, yo vi el dolor en otras cosas, como ahora asisto a la preocupación que les invade por la droga. Quienes me siguen y constato que son fieles lectores, me lo cuentan en Cervera, me lo cuentan en Pernía, y aunque no me piden expresamente que lo cuente, entiendo que al hacerlo te están pidiendo de algún modo que lo escribas. Tampoco se puede contar todo. Siempre hay espinas muy profundas cuyo paso para sacarlas debe ser dado primero por las familias de los afectados. Por lo demás, yo he remado a mi aire, con mucha independencia, con mucha soledad, con pocos resultados y el asombro de algún lector del llano por esa insistencia mía en repetir lo que ya no es un misterio para nadie.
Si a tu razón y mi empeño se unieran los que sin necesidad de llevarlo en el papel lo llevan en la mente; si a nuestro afán, desnudo de todo protagonismo y falsas apariencias (pese a lo que puedan encontrar los enemigos, que no sé cómo surgen, pero ahí están, en contra), se sumaran las voces de los sacerdotes, de los políticos, de aquellas asociaciones que parecen celosas y enfrentadas en la defensa y el canto de una misma tierra, otra imagen de fuerza y de progreso se evidenciaría en la capital, pero, querido amigo, somos dos almas encantadas, aliviando a nuestra usanza heridas y asperezas que se hacen más evidentes a medida que pasan los años y se conoce un poco mejor la historia de Palencia.

Y estoy contigo en todo porque, más que de cualquier otro lugar me siento palentino, y deseo que todos los palentinos conozcan la tierra de la que tanto hablamos, sintiendo como suya la montaña, tanto como sentimos nuestra la capital.

Ahora sería preciso desatar el sueño, sin ignorar las dificultades que se ciernen sobre cada barrio. Uno solo no es nadie para hacerlo. Ha de estar conectado a los demás, apoyado por ellos. Nosotros somos dos puntos más, ilusionados, removiendo las crónicas, situando en su lugar los pueblos, movidos no sé por qué extraños resortes, queriendo hacer realidad una pequeña parte de lo que soñaron nuestros abuelos mirando al sur, que allí está el minarete de quienes nos prometen esperanzas.

Querido Jaime, no nos desesperemos. No mires mi montaña como algo diferente a la tuya. Los títulos sirven sólo a efecto orientativo y uno de los mejores síntomas de los últimos años, lo tienes aquí mismo, en las páginas de nuestro “Diario Palentino”.
Al final, los políticos deberán entender que no importan las siglas, que sólo importan los caminos que nos lleven a un puerto. Tu y yo, como otros ilusionados promotores, debemos entender que la montaña es toda y es de todos, y cada uno está llamado a defenderla desde su trabajo, en el interior, en el exterior, con las manos, con el corazón, manteniendo ese espíritu encantado que en su piel dejaron grabado nuestros antepasados.-

©Froilán de Lózar para Diario Palentino

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20 diciembre 1999

Palencia y su montaña (I)


Froilán de Lózar


En Agosto, Luis Guzmán Rubio me acogió como a un hijo. Palencia es una ciudad pequeña, tranquila, cada año más conocida y bella, lo que nos mueve a orgullo y a reflexión a todos los palentinos de la diáspora. No faltarán versiones diferentes, incluso de los mismos vecinos, que encuentren en una leve proporción, aunque importante para ellos, tantas deficiencias y sombras como se vienen planteando en los medios de comunicación.

Siendo muy niño, cuando toreaban el Cordobés y el Viti en la vieja plaza, yo bajaba con mi padre a los sanantolines y de su mano, y de la mano de los representantes que a él le vendían las cosas, recorría la ciudad, entonces tan gigantesca y distante para mí. Mi padre nunca faltó a las fiestas de la capital, a excepción de estos últimos años, cuando ya mi madre quedó atrapada por completo en las redes del parkinson.
Paseando por la calle Mayor, Luis me narraba con añoranza los años pasados en Cervera y en Guardo, la incertidumbre que le embargó al llegar por primera vez como maestro a San Felices de Castillería, y yo buscaba una excusa que me devolviera, si no la figura, sí la esencia y el entusiasmo de mi interlocutor. Amigo Jaime, luego te explicaré por qué considero necesario que en Palencia se desate ese interés creciente hacia la montaña, que es suya en la misma medida que fue nuestra.

A quienes nacimos en el norte, a los que de algún modo nos hemos debatido entre la necesidad y la distancia, se nos hizo el pasado un gabán milagroso. Siempre, para todo, nos sirvieron de disculpa los kilómetros, de manera que el mensaje en pocas ocasiones llegó a puerto con las demandas que nuestros antepasados depositaron en las manos de sus gobernadores. Buen dices, buen amigo: yo encontré una espada para mostrar mi rebeldía ante asuntos que claman rebelión, ante repartos que bordan diferencias, como las que ahora mismo se debaten en la región y que nos traerán muchos dolores y enfrentamientos. Años después, cuando llegué al País Vasco, la distancia no me apartó, como pensaba en un principio, de lo que allí pasaba, y acaso el tambor de todo el mundo alentó en mi la urgencia de gritarle a la capital nuestra delicada situación, nuestra belleza, nuestro afán de sentirnos tratados como hijos.

Gustoso recibo tus palabras, apreciado amigo. No sabes cómo saben a alimento aquí donde sigue más viva que nunca la violencia. Tus razones tienes. Mis razones tengo. Tus preguntas son parte de ese duelo. ¿Te das cuenta? ¿Dónde empieza?¿Dónde acaba lo nuestro? Si hiciésemos una encuesta para determinar cuánto hay de montaña, qué montes nos rodean, que ríos nos atraviesan, qué distancias nos separan, pocos responderían con precisión, porque ni los organismos, ni las publicaciones han precisado bien hasta dónde llega lo nuestro y tú mejor que nadie conoce la confusión que impera en los extremos: Guardo en León, Aguilar en Cantabria, Pernía en Liébana…

Creo que, defendiendo como tú la unidad, cada pueblo, como cada persona tiene derecho a su parcela de independencia, lo que posibilita el asentamiento de su carácter, la diversidad de sus manifestaciones folklóricas; sus propios mecanismos de gobierno, llámense leyes u Ordenanzas. No es mala la diversidad, y aunque todos los grupos y asociaciones debieran tener entre sus objetivos algunos puntos inamovibles e indénticos, como es la promoción y la defensa de todos los pueblos, las agrupaciones de cada comarca indican movimiento, generan inquietudes, porque, desde Guardo hasta Barruelo, desde Aguilar hasta Cervera, la montaña presenta rasgos y problemas distintos que no podrían resolverse sin la aportación y el entendimiento de los habitantes que residen en ellos. Sólo el cansancio y la carga de las responsabilidades sobre las mismas personas, es lo que lleva a estos grupos al cansancio y casi siempre a la desaparición.

©Froilán de Lózar para Diario Palentino

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Carta de "El Conde de Polentinos"

Como muy bien sabe nuestra familia está unida a Polentinos, Lebanza y toda Pernía.

.../Si bien salimos de Polentinos en 1580 hacia Madrid y luego hacia Lima, siempre todos hemos sabido de donde veníamos. Por ello mi abuelo, séptimo, solicitó la denominación de Polentinos para el título que Felipe V le otorgó en 1716. Y eso ocurrió casi 150 años después de haber dejado la montaña palentina, y en otro continente! Y por eso mi bisabuelo Aurelio, mi abuelo Ricardo, mi padre y yo hemos ido con alguna frecuencia y conocido Polentinos, Lebanza...pero siempre lo hemos hecho lo más "discretamente" posible.

Volviendo a su libro que es el motivo por el que le escribo, es un magnífico libro de historia, costumbres, sociología, pero sobre todo un magnífico libro con el que generaciones futuras conocerán la montaña palentina. Felicidades por este buen trabajo de investigación y seria divulgación...

El Conde de Polentinos

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